Una pantunfla de color rosa

En una esquina de la habitación, un montón de ropa sucia espera desde hace tres días que alguien la meta en la lavadora, añada detergente y suavizante al cajetín y gire el dial y la ponga en marcha y remate el proceso tendiendo el resultado. Unos metros más allá, atravesando el tabique de ladrillos del 4 cubierto de gotelé, una pantunfla de color rosa comprada el pasado febrero en un mercadillo y cuya tonalidad ha comenzado ya a apagarse permanece solitaria en mitad de la cocina, mientras su dueña empieza a descomponerse junto a ella. La forma que su boca está aplastada contra el suelo convierte la escena en un chiste pero no hay nadie para reírse aparte de ti.

Libros, de nuevo

Lo he vuelto a hacer. Podría excusarme en mi interés por mantener a flote la industria editorial hasta que acabe, espero que pronto, mi novela, pero creo que ni por esas.

Si bien es cierto que mi tendencia acumulativa ha cedido en los últimos meses al sentido común, a veces se me olvida y entonces sucumbo al placer de comprar libros aun sabiendo que las probabilidades de que no los lea son significativas.

Tengo tantos libros haciendo cola que ni los recuerdo todos y lo peor es que hay gente que sigue escribiendo.

Si hago un breve repaso, en la primera categoría encuentro aquellos que a estas alturas de mi vida empiezo a asumir que jamás leeré, como El día del Watusi de Francisco Casavella o Cosmópolis de Don Delillo. En esa misma sección se encuentran también los los clásicos que adopté impulsivamente, como La insoportable levedad del ser de Milan Kundera, Viaje al fin de la noche de Louis-Ferdinand Céline, La montaña mágica de Thomas Mann o Rayuela de Cortázar, por mencionar solo algunos.

La siguiente categoría es la de los que empecé pero estoy casi seguro que no terminaré nunca, ya sea por falta de constancia, tiempo o interés. Más esto último que cualquier otra cosa. En la orilla, de Chirbes, Nostromo de Joseph Conrad, El lamento de Portnoy de Roth o Corre, conejo de John Updike son algunos que me vienen a la mente.

La tercera está formada por aquellos que he leído pero con los que me gustaría repetir. Son demasiados, creo. Ansiedad de Scott Stossel, El guardián entre el centeno de Salinger, El proceso de Kafka, Pastoral Americana de Roth, El antropólogo inocente de Nigel Barley o El malestar en la cultura de Freud. También debería tratar de releer La subasta del lote 49 de Pynchon, solo por ver qué me aporta una segunda lectura. Hay otros muchos, como la serie Fundación de Asimov, pero eso sería pedir demasiado. 

Debería acabar esta entrada con aquellos que estoy decidido a leer, los haya empezado o no. Las dos menciones destacadas son La broma infinita de DFW y Jota Erre de William Gaddis, que juntos deben sumar unas 2300 páginas que me temo que por momentos serán casi ininteligibles. Admito que, no sin sacrificio, voy a esperar a acabar Jota Erre para comprar Los reconocimientos de Gaddis. En esta lista también veo a La maravillosa vida breve de Óscar Wao de Junot Díaz, Amor líquido de Zygmunt Bauman y (creo) Cómo aprendí a leer, de Agnés Desarthe. Seguro que hay más, pero mi memoria tiene las patas cortas.

Tampoco puedo olvidar otros en los que estoy interesado, aunque se salgan un poco de mis preferencias habituales. Otros dos clásicos más, como no podría ser de otra manera: Hojas de hierba de Walt Whitman y Las flores del mal de Charles Baudelaire.

Son muchos y faltan otros tantos que hace años que acumulan polvo en las estanterías de Valencia, sin contar todas las adquisiciones que hice durante Filosofía. 

A pesar de todo eso, como decía al comienzo, lo he vuelto a hacer. Ayer añadí/me regalaron Limónov de Emmanuel Carrère y Ánima de Wajdi Mouawad a la lista. De momento, entran en la cuarta categoría (un poco de voluntarismo siempre es necesario): aquellos que estoy decidido a leer (de lo contrario, no los habría comprado). Dentro de unos meses veremos si me he equivocado. 

(El oficio de vivir, de Cesare Pavese, queda pendiente para el siguiente brote consumista).

En fin. Debería leer más, escribir más y hacer todo lo demás menos. No hay tiempo para todo y tampoco fuerza de voluntad.

Fotos.3 / Terraza.3 / Samy

Terraza.2

No estoy muy literario últimamente...

Madrid.2

La colina Pelado (descarte)

Que las oficinas de la comisaría no tuviesen aire acondicionado tenía una única ventaja: cuando hacía calor, nadie remoloneaba para quedarse en ellas. Por mucho que la calle hirviese, al menos fuera soplaba el aire y la brisa que entraba en el coche con la ventanilla bajada hacía el calor más soportable. El trayecto desde la comisaría hasta el sendero suponía entre 10 y 15 minutos de conducción, dependiendo de los semáforos que encontrase uno por el camino. En este caso, fueron doce minutos y cincuenta y dos segundos, tiempo durante el cual pudo pensar en el trabajo de Diana y sus perspectivas laborales, la reforma doméstica a medio acabar —no hay que dejar de ver el vaso medio lleno—, la discusión sobre la conveniencia de contratar alguien para limpiar en casa dos días por semana cuatro horas al día, los impresos que todavía le quedaba por informatizar, los neumáticos y la revisión del coche, para acabar con asuntos más profundos: si ese era el trabajo que quería o no, si alguna vez estaría satisfecho, qué iba a hacer con su vida y porqué estaba allí. No allí, sino allí, en Panite. Detuvo el coche al lado del camino de tierra y paró el motor. Cuando salió sintió un ligero mareo que atribuyó al excesivo calor de las 12:13 pm de un doce de agosto. Habría informado a la central, pero todo lo que hacía la radio cuando la ponía en marcha era crepitar de una manera que le ponía de los nervios.

El camino que subía hasta la cima salía a la derecha de una señal de madera en forma de flecha que informaba de la longitud del camino (3.3 km), el tiempo estimado en recorrerlo a paso normal (45 minutos) y el desnivel de subida (394 metros). En un dechado de originalidad o necesidad de afirmación grupal, varias personas habían hecho marcas en la madera con una navaja y pintado con espray encima de las indicaciones. A eso se unía la inclinación del poste, resultado de algún ataque de testosterona juvenil. Los árboles y los arbustos no tardaban en aparecer a ambos flancos de la senda, ganando en frondosidad y cantidad a medida que se acercaba la cima, lo que garantizaba sombra en gran parte de la subida.

Apenas había andado cincuenta metros y por la espalda ya sentía brotar pequeñas gotas de sudor que oscurecían la camisa cuando entraban en contacto con ésta. Con el lazo en la mano, comenzó a llamar al hipotético animal pero tan pronto como hubo empezado el ridículo se apoderó de él, así que optó por continuar en silencio buscándolo con la mirada. Tras apenas unos minutos, oyó un ruido y un perro que apenas levantaba un palmo del suelo salió de entre los arbustos disparado hacia él. Su primera reacción fue propinarle una patada tal que lo pusiese en órbita. La segunda, capturarlo con el lazo, a pesar de que aquello requeriría una habilidad que tenía la certeza de no poseer. La tercera y vencedora opción fue la no hacer nada, y cuando éste apoyó sus patas delanteras en la pierna izquierda dejó una huella de sangre en los impolutos pantalones de Marcus. No sin cierto temor y aprensión, se agachó y acarició la cabeza del perro, a cuyo estímulo éste respondió ofreciendo la tripa y los genitales parcialmente cubiertos de sangre. Palpó el cuerpo del cánido en busca de una mordedura o una herida pero el perro parecía bastante cómodo con aquella situación. Ante la disyuntiva de cargar con el sangriento animal o ponerle el lazo, comenzó a andar hacia el coche y se sintió aliviado al ver que éste le seguía. Separándolo ostensiblemente de su cuerpo, como si fuese portador de alguna enfermedad contagiosa, lo metió en el maletero y se sentó de costado en el asiento del conductor y encendió la radio con la intención de informar sobre el nuevo pasajero y esperar órdenes. Sin embargo, el mismo ruido molesto anterior fue la única respuesta que obtuvo. Crepitaba, nada más. Probó a apagar y encender media docena de veces, con la esperanza de que la repetición de ese procedimiento activase como por arte de magia algún contacto electrónico en las profundidades de ese trasto, pero no se produjo el milagro.

Con el perro a buen recaudo, decidió que un bicho de ese tamaño no podía haber perdido esa sangre y seguir andando como si el tema no fuese con él. ¿Con él? ¿Era macho? ¿En qué momento lo había decidido?

Bajó todas las ventanillas para asegurarse de que el animal tuviese suficiente ventilación y volvió al punto de partida con el lazo, aunque no confiaba en que en situación de peligro fuese capaz de utilizarlo para otra cosa que no fuese golpear al atacante. Después de una leve indecisión, desmontó sus únicas preocupaciones sin quedar demasiado convencido: no podía pensar en nadie interesado en robar algo de un coche de policía que tenía más de diez años en el que no funcionaba ni el aparato de radio. Ah, el perro. Hace calor, pero aguantará.

Por precaución, se prometió una inspección relámpago; lo del coche de policía le traía sin cuidado, pero no deseaba ser el responsable de un canicidio por imprudencia. Lo más probable es que el perro hubiese encontrado algún animal muerto medio descompuesto con el que darse un banquete; conocía de primera mano las tendencias coprófagas de la mascota del Gordo y probablemente era una afición extrapolable a muchos otros cánidos. Lo buscaría, lo encontraría y cerraría el caso, si es que podía llamarlo así. No era un trabajo policial de primer orden, pero para los parámetros en los que se movía la delincuencia y el crimen en Panite podía considerarse algo bastante decente.

Mientras subía, deseó que en la votación a favor de los pantalones cortos que hicieron uno año y pico antes hubiera salido vencedor el SÍ. Eso le garantizaría un aspecto ridículo, pero caminar cuesta arriba por la colina Pelado con unos pantalones largos de color azul marino oscuro en pleno mediodía de ese maldito día de agosto era suficientemente estúpido como para que la vestimenta fuese considerada un agravante. Durante los siguientes minutos su cabeza viajó hasta la reforma que semanas atrás Marcus había iniciado en su casa, a pesar de las quejas y amenazas de Diana, en un arranque de vitalidad, decisión y autosuficiencia mal entendida. No tardó en darse cuenta de que la planificación pecaba de un optimismo radical que ya quisieran para sí los que años atrás habían asegurado que a finales del siglo XX habría colonias en la Luna. Tras arrancar la talla y el suelo de casi la mitad de la casa, generando al menos una docena de sacos de escombro cuyo polvo invadía hasta el cajón de los calzoncillos, la fase de construcción se antojaba sensiblemente más compleja para alguien como él, con nula experiencia en trabajos físicos. No sólo en aquello se había equivocado. Las previsiones económicas también se habían disparado tras comprobar que había infravalorado u obviado los precios de algunos materiales, y la constatación de que tendría que contratar mano de obra especializada para tareas que en un principio pensaba hacer él mismo. Con un cálculo poco riguroso, al poco de comenzar había estimado que la reforma se alargaría el doble de lo pensado y más del triple de un dinero que no tenía. Por precaución e instinto de protección, se había asegurado no decir ni una palabra de aquello a Diana, que se quejaba a menudo del escaso grado de avance. Algo en lo que, le fastidiaba admitir, tenía toda la razón.

Marcus no podía presumir de tener un gran olfato sino más bien todo lo contrario, pero aquello no supuso problema alguno para una corriente de aire a la que acompañaba un profundo y nauseabundo olor. Intentó reprimir un par de arcadas, pero la garganta y el esófago estaban fuera de control y con la tercera náusea el café con leche y el sándwich del almuerzo medio digerido salió con violencia por su boca, llenando sus botas y los pantalones de pequeñas partículas blancas y marrones. De haber estado interesado, habría distinguido la lechuga, los trozos de pan integral, el queso, el tomate y el jamón, resultado de su tendencia a comer como si participase de algún concurso de velocidad que a Diana tanto le sacaba de quicio. Sin embargo, sacó un pañuelo de papel, se limpió y tras guardarlo en el bolsillo sacó otro con el que cubrirse la nariz, mitigando el repugnante olor.

La desconfianza instintiva con la que continuó el camino fulminó sus disquisiciones sobre el coste temporal y económico de la reforma y las implicaciones de ésta en su relación de pareja, le hicieron prestar más atención a su entorno. Varios metros después, en un recodo del sendero donde éste se abría al pasar por un gran nogal, encontró una razón suficiente para vomitar por segunda vez. Antes de que su mente pudiese tener tiempo de racionalizar aquello, se encontró corriendo colina abajo con las babas cayendo desde su boca sobre la camisa.

Aunque reprimió las siguientes arcadas, aparte de sus esfínteres eso sería lo único sobre lo que tendría control en las semanas y meses siguientes.

(Texto relacionado con Árbol, de hace unos días)