Bitácora

He vuelto a entrar en tu blog. Sí, ya sé que decías que no te gustaba esa palabra: blog. Que lo tuyo era una bitácora, no un blog. Tú y tus manías, tú tan poco anglófona, tú tan anglófoba. Como si hubiese alguna diferencia. Te lo dije más de una vez: la palabra "bitácora" escupe mi mente a una época de piratas y abordajes y cañones, camarotes con olor a madera vieja y humedad y mugre, planos de navegación y astrolabios, a tópicos empapados de agua salada y tiburones. A horas de televisión a tu lado. A ruido de sables en la pantalla sobre barcos de madera mientras tú dormías con tus pies apoyados en mis piernas.

Ha sido hace tan solo unos minutos; casi puedo contarlos, aunque no descarto que la memoria me engañe; hace mucho que perdí la pista del cubilete en el que está la bolita. Es posible que hayan pasado un par de horas, que fuese incluso ayer, la semana pasada, hace tres meses o dos años. Cómo estar seguro del tiempo que ha pasado desde entonces, desde aquello, desde lo nuestro. Dime cómo hacerlo porque no encuentro la forma, el camino, la pista de despegue, la salida de la atmósfera, la huida de esta galaxia en la que fuimos.

Tres letras, nada más. Solo eso ha sido necesario para que en la barra del navegador, siempre tan fiel a ti y tan hijo de puta, tan suspicaz y tan cruel, haya sugerido la dirección de tu blog como si se tratase de un punzón picahielo extendido hacia mí. Siempre supiste que eres mi tortura favorita; que contigo tengo tendencias suicidas; que me gusta buscarte aunque todas las células de mi cuerpo rueguen al unísono que no te encuentre; que solo tú puedes autodestruirme. Yo no rechazo una oferta como esa y ahora tengo ese punzón clavado en el costado; apenas puedo leer las líneas que serpentean por el fondo naranja que pusiste cuando aún estábamos juntos. Cámbialo, te decía yo, es horrible, y tú sonreías, pero nunca lo cambiaste y desde que te fuiste ya no me parece tan feo y cada vez me gusta más. Me temo que es un poco como tu recuerdo; hipnótico, lejano, distorsionado y más bello de lo que fue. No es tan horrible ahora aunque lo fuese entonces.

Y cuando entro ahí está el mismo título con la misma fecha y el mismo comienzo y la misma continuación y el mismo final que la última vez. Sigues sin escribir nada y pienso que si no vuelves es porque debes estar siendo muy feliz o muy infeliz; nunca fuiste mucho de grises y a tu manera conseguías disfrutar de ambas cosas.

El sentido común me dice que debería borrar el historial, pero lo nuestro tuvo mucho de sentido y poco de común; nunca aprendí a utilizar ese concepto y por ti quiero seguir sin saber hacerlo; prefiero creer que he olvidado cómo hacerlo y regresar dentro de un tiempo para arrancar la costra y abrir la herida de nuevo con esta página de fondo naranja detenida en las mismas frases y palabras y letras desde que te marchaste.

Cámbialo, te decía yo, es horrible, y reías. Al final me hiciste caso; lo cambiaste, me cambiaste, te cambiaste.

El cartero

Las postales fueron lo primero, porque no tenía que hacer nada. Sólo leer. Era fácil y poco arriesgado. Un fragmento de la vida de otra persona en una docena de líneas. Leía aquellas postales una, dos o incluso tres veces, y las clasificaba, igual que hacía con cualquier otra correspondencia, igual que había hecho hasta entonces sin reparar en ellas. Hasta ese momento, me consideré una especie de curioso. Era divertido al principio. Estoy de acuerdo en que eso no me justifica, pero puesto en perspectiva no es tan grave. Creo que empecé a hacerlo en torno a los 37 años, aunque no estoy seguro.  La memoria es débil. Si lo pienso bien, no hace tanto de aquello.

No recuerdo el día, pero sí que fue un miércoles de agosto. La chica a la que iba enviada la postal se llamaba Ana. En mi memoria no hallo nada más, ni siquiera de qué hablaba el remitente; supongo que de sus vacaciones, quién sabe. Qué importa ya. Cogí la postal, miré a mi alrededor y sin ni siquiera leerla me la metí debajo de la camisa, pegada al estómago y sujeta por mi barriga contra el pantalón. Las manos me temblaban y estuve todo el día pensando que alguien me había visto. Que me harían desnudarme y luego me despedirían, pero no. Cuando llegué a casa me senté en la cama y la saqué; tenía una fotografía de dos niños negros jugando al fútbol en un campo de polvo marrón. El sudor había hecho que la tinta se corriese y algunas palabras no eran reconocibles. No me importó. Aunque no tenía mucho, la leí al menos veinte veces. Vacié una caja de zapatos que tenía llena de monedas antiguas y la metí dentro. Estaba eufórico. Exultante. Joder, sí.

Desde que leí la primera postal hasta que robé una pasaron siete años. Tendría entonces unos 44 años. Sí, más o menos. Dos años más tarde tenía nueve cajas llenas debajo de la cama. Pasado un tiempo dejé de leerlas, porque no me hizo falta mucho para darme cuenta de que la gente que las enviaba sólo decía tonterías. Así que yo sólo las robaba. Empecé a llevar una vieja cartera que tenía en casa al trabajo, y las iba metiendo allí dentro. Cambié de puesto en la sucursal para estar más tiempo en la sección de clasificación y en casa compré cajas de mudanza de 50x50x50 cm. ya que el número empezaba a ser importante y se me habían agotado las cajas de zapatos. En un puñado de ocasiones alguien vino reclamando a la sucursal, pero por aquel entonces el servicio no era lo fiable que es hoy y una postal es fácil de extraviar; el destinatario y la dirección se escribe a mano, con prisas y en un hueco demasiado pequeño, así que no hay garantías de nada; es fácil confundirse o que no se entienda la letra.

Año y medio más tarde almacenaba en un trastero alquilado siete cajas de mudanza repletas hasta el borde. Por una simple casualidad, el nombre de la destinataria de la primera carta robada también era Ana. Ignoro si era la misma persona, imagino que no. Todo fue parecido pero mucho más rápido; ya tenía práctica: no me ponía nervioso; sabía cómo ocultarme, cuál era el mejor momento del día, qué compañeros estaban más atentos y cuáles más distraídos. Con la carta en la mano, leía el destinatario, igual que había hecho hasta entonces, pero ahora buscaba un nombre o una dirección manuscrita. Si la letra me gustaba, me guardaba la carta y al volver a mi sitio la metía en la cartera de piel marrón. Con el tiempo se convirtió en una mochila y luego en una bolsa de deporte de tamaño medio.

Al poco tiempo la letra dejó de importar. Las cogía todas, me daba igual. Llegué a leer algo así como el primer centenar, pero era difícil encontrar algo interesante, por lo que también empecé a guardarlas sin leerlas. Ni siquiera abría los sobres. Casi todas eran aburridas, triviales, livianas, estúpidas, vacías, efímeras. Gilipolleces y más gilipolleces. No lo entendía cómo la gente podía perder el tiempo de esa manera, y sigo sin hacerlo hoy en día. Solo en algún caso alguna me llamaba la atención, por la caligrafía, el color del sobre, algún dibujo a color, y tumbado en la cama con un cigarrillo en la mano abría el sobre, la desplegaba con cuidado y la leía en voz alta. Tuve muchas decepciones pero me gustaba el ritual.

Puedes imaginarte mi problema de espacio. Llené el primer trastero en poco tiempo y necesité alquilar otro. Eso no bastó y tuve que almacenarlas también en casa. Dos años después me gastaba un tercio del sueldo en el alquiler de un piso sin amueblar en las afueras. No sé, tendría como trescientas cajas llenas de cartas y postales. Quizá más. Más, seguro. No sé, no lo recuerdo. Nunca las conté. Ni las postales, ni las cartas ni las cajas. Yo solo las cambiaba de sitio. Las movía de un lugar a otro, eso era todo.

Entonces las reclamaciones empezaron a llegar; era raro el día que no recibíamos media docena. Personas que gritaban, personas que se enfadaban, personas que nos insultaban, personas que rellenaban impresos, personas resignadas, personas irritadas. Lo sentía por mis compañeros, pero al poco dejé de preocuparme por ellos y por las quejas, hasta que desde central mandaron a alguien a investigar el problema. Un tipo gris y serio con un traje gris y serio cuyo nombre no recuerdo. Pero sí que tenía unos labios finos como cuerdas y que su mandíbula me recordaba a los muñecos de los ventrilocuos. Curiosa palabra, ¿no te parece? Ventrilocuo. En más de diez años ese fue el único periodo en el que me detuve; ni siquiera leía las postales. Era un autómata clasificador. Un robot. Un ser sin alma. Un brazo orgánico que se movía como uno mecánico. Esta, en esta saca. Esta, en la saca de allí. Esta, en la saca pequeña. Así todo el día. Era extenuante.

Seguro que te lo imaginas: el corazón me daba un vuelco cada vez que cogía una carta en mis manos; era como una gota en un vaso: acaba llenándose; al final del día apenas podía respirar de la ansiedad que aquello me causaba. El médico me recetó 3 mg de lexatín al día aunque algunos días llegué a tomar hasta el doble. Tres semanas duró aquel infierno y entonces despidieron a dos compañeros que hacía mes y medio que habían entrado a trabajar, supongo que porque consideraban que los robos habían coincidido en el tiempo con su incorporación. No era así, claro, pero qué iba a decir yo. No tardé ni treinta segundos en retomar mi actividad cuando el tipejo de la central salió por la puerta. Valiente capullo. Dejé los ansiolíticos.

Por aquel todavía entonces descartaba la correspondencia que no fuese íntima: entidades bancarias, empresas, organismos públicos. Es decir, que ignoraba todas aquellas en las que el nombre del destinatario aparecía mecanografiado o el sobre llevaba algún distintivo impreso. Hasta que ese también dejó de ser un criterio para discriminar. Todas, las cogía todas. No hacía ninguna distinción. Cuando nadie me miraba, cogía un puñado que acababa en una de las bolsas de deporte que había adquirido: el modelo más grande que encontré después de visitar una docena de tiendas. Al finalizar el día estaba a rebosar y me costaba horrores levantarla, cuando podía hacerlo. Había días que me quedaba el último en la sucursal porque si no la arrastraba no era capaz de llevarla hasta el coche.

Vendí el piso y me mudé a uno diminuto en un barrio de la periferia. Alquilé una nave industrial lejos de la ciudad, la equipé con estanterías y moví allí todas las cajas. Para entonces entre unas cosas y otras apenas el sueldo apenas me daba para vivir. Cada vez eran más cajas y más estanterías, y las bolsas de deporte no duraban demasiado. Cajas, estanterías y bolsas de deporte. Hacía dos viajes a la semana para llevar las cartas de mi casa a la nave. Tendría unos 54 años, más o menos. No sé. La mudanza me llevó unos dos meses. Pensé en contratarla, pero me daba miedo que perdiesen alguna carta y por otro lado, tampoco tenía dinero suficiente.

Me subieron el alquiler de la nave y tuve que tomar una decisión. Dejé el piso y me mudé a la nave industrial. Estaba a dos horas del trabajo, pero ahora sólo pagaba un alquiler, que no obstante me estaba gastando en parte en la gasolina, aunque me ahorraba los dos viajes. En un rincón puse un colchón que había cogido de un contenedor cercano y compré un camping gas y una estufa. Todos los días robaba algo de algún supermercado; con la habilidad que había adquirido era muy fácil. A pesar de todo, no comía lo suficiente y empecé a adelgazar. Tuve que dejar de llenar tanto las bolsas, ya que si no cuando estaban llenas no podía moverlas. Para compensar, algunos días llevaba dos bolsas, dejaba una en el coche y al finalizar el día repartía las cartas entre las dos.

Tengo 59 años. A menor ritmo, el número de cajas ha seguido creciendo hasta hace tres semanas y dos días: el momento en el que me fui del trabajo. No sé porqué empecé a leer postales, cómo ni porqué empezó todo. Esta vez han sido tres las personas que han enviado desde central. El tipo gris de la anterior ocasión, acompañado de una mujer joven y un chico también joven con cara de idiota y la nariz aguilucha. Salí por la puerta en cuanto los vi entrar en el despacho del responsable de la sucursal. No sé si me están persiguiendo. Hace algo más de tres semanas de eso, o cuatro, no sé. Aun me quedan ansiolíticos de la otra vez. Están caducados pero me los tomo, algún efecto tendrán todavía. Debe haber mucho jaleo; en estos meses pasados hemos tenido muchas quejas de empresas y particulares. No sé, puede que sí sea eso. Desaparecí el día que ellos llegaron. No he dado señales de vida, así que lo más probable es que me estén buscando. Por suerte, nadie tiene esta dirección y no he firmado contrato de alquiler así que tardarán en encontrarme. Cuatro semanas, creo. Nadie sabe dónde estoy. Hace humedad aquí y frío, pero no van a encontrarme.

No tengo ni idea del tiempo que llevo tirado en este colchón apenas sin moverme. Tengo el cuerpo entumecido. Debe ser eso. Estoy cada vez más débil y tengo que levantarme muy despacio para no desmayarme, ya que me he despertado en el suelo varias veces, pero desde este colchón puedo ver las estanterías y eso me hace sentir bien. Como el primer día con la primera postal. No sé cuántos miles de cajas habrá. Deben haberme despedido. Es normal, yo también lo habría hecho. Llevo mucho tiempo sin ir a trabajar. Demasiado, seguro. Sí, quizá sea eso. Esta tos me está matando. Igual es neumonía. Si me vieses, ahora mismo doy un poco de miedo, pero no te asustes, me recuperaré. Lo prometió. Hace tres días que no como. Aquí hace bastante frío. Mucho. Me cuesta organizar mis pensamientos. Dijo que lo haría. Espero no haberme equivocado demasiado en lo que te he contado. Que me escribiría. Igual me ha bailado alguna fecha, algún dato, es bastante posible, no soy infalible. Ah, sí. Se llamaba Ana. Como te decía, mi memoria no es lo que era y tampoco puedo pedirle demasiado. Hace mucho frío aquí. Espera mi carta, dijo. No sé, no recuerdo más. No sé. No sé. Lo he olvidado. Ana, creo. No, sus apellidos no. No sé, no me lo preguntes más. Escribirá, seguro.

Cuando acabes de leer esta carta, métela en el sobre y échala en la caja 1137 de la sección P2 Oeste. Es la última, pero aun no está llena. Si las necesitas hay más cajas en la pared del este, al fondo. No olvides recoger el correo. Seguro que Ana escribe pronto. Me lo prometió. 

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(Tiempo de escritura aprox. 3h. Revisión superficial)

La novela

Llevo un tiempo esquivando esta entrada, pero la idea de echar un vistazo a la evolución de la novela parece una buena idea, por aquello de que igual alguna vez la acabo. Incluso podría llegar a (i) publicarla, (ii) hacerme famoso y asquerosamente rico, (iii) comprar todos los ejemplares de 50 sombras de Grey y (iv) hacer una hoguera gigante. Cierto, solo (i) parece realmente factible, y no apostaría nada a ello. Eso si no muero antes, porque, por duro que parezca, no hemos de descartar la idea de que lo haga y la cruda realidad es que podría dejar este mundo (en un sentido figurado, no estoy pensado en desintegrarme) en cualquier momento.

Ahora, por ejemplo. No, parece que todavía no.

Para imaginar mi muerte podría escoger un ataque al corazón, pero es demasiado real y seguro que mi madre se preocupa, así que pensaré en un satélite ruso de la Guerra Fría fuera de control cayendo sobre esta casa; aunque no conozco las probabilidades que tengo de sufrir un infarto justo en este preciso momento, tiendo a pensar que son mayores que la idea del impacto del satélite.

Sigo escribiendo y ninguna de ambas cosas ha pasado. 

Podemos considerar otras alternativas: un meteorito, una invasión alienígena con epicentro en esta habitación, un maremoto que llegue hasta el centro de Madrid o la aparición de una singularidad en el espacio-tiempo que acabe con mi organismo. Morir tampoco es nada excepcional. Es otro suceso más sin importancia en un universo demasiado grande para ser concebido, y aunque uno puede sentirse apesadumbrado por las cosas que dejará sin hacer, qué más da; todo continuará su camino y las galaxias no te echarán de menos dentro de un millón de años.

Es opinable, pero esa última frase es un buen ejemplo del uso del punto y coma: cuando un punto es demasiado pero una coma es muy poco, aunque resumirlo de esa manera es un poco banal.

Al lío. Empecé con la novela allá por octubre de 2013. Poco después compré el programa Scrivener, que me ha servido de gran ayuda para organizar los capítulos y trabajar de una manera estructurada. Todo ha cambiado mucho desde la idea original, y lo sigue haciendo. El argumento inicial apenas es reconocible, la estructura ha cambiado al menos media docena de veces, el punto de vista lo ha hecho otras tantas y la forma verbal dos veces (de presente a pasado y de vuelta al presente). Por fortuna, todo eso es ya bastante estable y aunque tengo que decidir dónde ubico determinados acontecimientos, por primera vez tengo la sensación de que estoy enfilando la recta final del primer borrador.

Digo "primer" porque, aunque en realidad podría decirse que ya hay un primer borrador, la revisión que estoy haciendo es tan exhaustiva y estoy encontrando tantas omisiones que considerar lo anterior como algo definido no sería más que un ejercicio de optimismo voluntarista. Por lo que leo y corrijo, lo que había era más bien un boceto, ni siquiera un borrador; algo más parecido a la arcilla que sirve de materia prima al jarrón, que una vez formado habrá que repasar y añadir los adornos y corregir irregularidades, cocer, pintar, barnizar y, si todo va bien, buscar una tienda y un vendedor, poner a la venta y esperar que se venda. Queda mucho camino por andar. 

Vamos con los números. En el momento de escribir esta entrada, la novela tiene 119.472 palabras. A 250 palabras por página vienen a ser unas 480 páginas, y si subimos el número de palabras por página a 300, son justo 400 páginas. Mis estimaciones es que, cuando finalmente tenga un primer borrador real, estaré en torno a 140.000 palabras, que es más de lo que inicialmente había pensado. No obstante, las posteriores revisiones deberían actuar de poda y reducir en algo ese número. No descartemos el recorte que puede venir después del corrector profesional o que puede requerir un potencial editor. El objetivo es un número inferior a las 400 páginas, aunque no voy a recortar fragmentos que me parezcan relevantes por la simple razón de reducir la longitud. Habrá tiempo para eso.

Los tiempos. Aquí hablo de memoria. Como decía arriba, empecé en octubre de 2013 y seguí trabajando en ella hasta febrero de 2014.  La abandoné unos meses y la retomé de nuevo en verano pero no recuerdo haber hecho demasiados avances. La volví a dejar de lado y la retomé en las vacaciones de navidad de este pasado año, donde progresé en algunos conflictos argumentales. Este comportamiento errático ha tenido una ventaja y un inconveniente. La ventaja es que me permite ver lo escrito con nuevos ojos, pero por contra dejar el texto tanto tiempo me obliga a releer parte de la novela ya que se me olvida si he hablado de esto o aquello (en ocasiones me descubro leyendo un fragmento que habla de lo mismo que acabo de escribir y que había escrito meses atrás). Más o menos en mayo de este año la volví a coger y continué con ella, aunque un par de nudos que no tenía claro cómo resolver me generaban bastante ansiedad y no avanzaba tanto como me hubiese gustado.

El empujón definitivo ha llegado en las vacaciones de verano, que han sido atípicas; a un ritmo de escritura de unas siete horas al día con la excepción de los fines de semana y algún día suelto, me alegra darme cuenta de que empiezo a ver el jarrón; he publicado algunos fragmentos que van dando una idea del tono. Dado que tengo que ganarme la vida, en las próximas semanas el ritmo se reducirá, pero espero tener un texto estable antes de finales de año, y no creo estar siendo demasiado generoso. En un par de meses más (mediados de febrero), un segundo borrador, y luego dar paso a los lectores beta (cuatro como máximo). Valorar e incorporar las modificaciones y comentarios que me hagan (y considere adecuadas) y un poco más tarde, en mayo, el corrector profesional (que no será barato). De esta forma, a expensas de lo que puede tardar éste, para el verano que viene debería tener el jarrón pintado y listo para barnizar. Pero falta mucho.

Acabo con una cita que pertenece al libro Diario de un mal año, de J. M. Coetzee. Me la envió Laura hace ya varios meses mientras lo leía, quien está sufriendo como nadie la elaboración de esta novela y las frustraciones y angustias que me genera.

¿Una novela? No, ya no tengo la fortaleza necesaria.
Para escribir una novela tienes que ser como Atlas, cargar con todo un mundo en tus hombros y sostenerlo durante meses y años , mientras todos sus asuntos se resuelven por sí mismos. Es demasiado para mí en mi estado estado actual.

Si yo sostengo el mundo, tú me sostienes a mí.

La séptima (vii) razón - Fragmento

La séptima (vii) y a estos efectos última razón podría decirse que es la que más le atrae a Alex y requiere una explicación algo más exhaustiva: es habitual que en ciertos tipos de transporte público, los asientos estén dispuestos en filas de cuatro asientos con un pasillo central que los divide en parejas; el ejemplo más inmediato es el de los autobuses urbanos. A partir de tal disposición física, es frecuente que algunos individuos ocupen el asiento contiguo al pasillo y dejen libre el de la ventanilla. Esto despierta el siguiente interrogante: ¿por qué alguien podría querer hacer algo, a priori, tan absurdo? Todo adulto sabe que, si se le da opción, cualquier niño preferirá viajar en el asiento de la ventanilla en el coche familiar (expresado habitualmente con la expresión: ”me pido la ventanilla”) que en el asiento del medio, mucho más aburrido; en algunos casos y si no se ha definido una pauta previamente, esta distribución del espacio puede ser incluso objeto de riña o conflicto familiar. Así pues, ¿qué razones existen para que esta elección que se presenta durante la infancia evolucione hacia justo lo contrario en personas adultas que viajan en transporte público? Aquí se despliegan de nuevo multitud de ramificaciones: la proximidad del vehículo a la parada de destino, ir cargado con algún objeto voluminoso (por ejemplo: la encimera de su cocina, una tabla de planchar, una caña de pesca, un tendedero portátil, una televisión de pantalla plana desembalada, una pintura del Renacimiento, un automóvil prensado, la superficie de una mesa de comedor, un cadáver en una bolsa de plástico o cualquier objeto imaginario de grandes dimensiones que la persona crea llevar) o simplemente y de manera destacada, la aprensión no justificada hacia el contacto con los semejantes o incapacidad para la comunicación, que se manifiesta en un doble sentido: A) en el pasajero que está de pie y que prefiere permanecer así antes que pedirle a la persona sentada que le facilite el acceso, y B) en el pasajero que está sentado que prescinde de la ventanilla para incrementar las posibilidades de viajar sin compañía.

(Fragmento extraído de la segunda parte; pendiente de revisión)

Fotos.7

Fragmento

Si puedo, mañana dedicaré unos minutos a comentar, aunque sea con el único propósito de llevar un registro propio, el avance de la novela en estos días de vacaciones. De momento, ahí va un fragmento aislado. Necesitará alguna revisión posterior, pero me gusta el tono y el enfoque:

Tras esa breve presentación, ella se limita a girar la cabeza sobre el plano del respaldo e inspeccionar lo que su ángulo de visión le permite, con una mirada que Alex no sabe si identificar con interés o indiferencia. Él le devuelve la mirada pero la retira antes de que ella lo haga, incómodo por una disección tan anatómica, pero que le saca de dudas respecto al interés real de la mujer. Durante el examen se mantiene en silencio y vistos los preliminares, es mucho mejor así. En su lugar, el sonido proveniente de la televisión domina la habitación, en cuya pantalla una mujer joven, atlética, maquillada de manera profesional, de piernas largas, tetas en apariencia naturales (aunque no pondría la mano en el fuego) y sexo rasurado gime con exageración al ser penetrada analmente por un hombre cuya edad debe rondar los sesenta años, y que con una barriga y un sexo ambos de generosas dimensiones tiene serias dificultades para mantener la erección, a pesar de los esfuerzos del cámara por disimular el problema mediante diferentes planos generales y el entusiasmo que ella pone en facilitarle la vida a su compañero de rodaje. Aunque Alex disfruta a menudo de la pornografía tanto solo como en compañía, es imposible hacerlo allí en tales circunstancias, como si se tratase de un programa de variedades vespertino y en presencia de aquellos dos especímenes que parecen sacados de la Isla del Doctor Moreau o de un sanatorio mental.