Fragmentos

Fingir al principio de una relación es fácil, pero mantener la fachada acaba por hacerse insoportable; cada día que pasa es más y más duro, y tienes que tomar una decisión. Es como bucear. Quedarte a un par de metros de la superficie es sencillo, porque sabes que puedes salir a coger aire en cuanto lo desees o lo necesites. Creo que no es un deseo, no consciente al menos. Pero cuando estás a treinta metros, sabes que esa alternativa no existe y todo se vuelve mucho más complejo.

* * *

Aunque la verdad fuese que no, no estaba bien. Que hacía mucho tiempo que no lo estaba y que quizá no llegase a estarlo nunca. Que todavía lloraba sin tener clara la razón. Que seguía sin poder conciliar el sueño. Que padecía ataques de pánico, que le costaba horrores correrse y que cuando lo hacía el placer que obtenía era casi indistinguible. Que de vez en cuando tenía que tomar una dosis extra de ansiolítico y ni aun por esas. Que aunque seis meses no eran demasiados, no sabía cuánto tiempo más podría aguantar Diana y tampoco cuánto tiempo más lo haría él. Que en ocasiones pensaba que si tenía suerte, con saltar de un tercero sería suficiente y encontrar un lugar para hacerlo no era tan complicado. Pero claro, qué vas a saber tú. No es culpa tuya, pero ya que preguntas, te lo diré. Mal, mamá. Estoy mal, realmente jodido, ¿no lo sabías? ¿Quieres que te dé los detalles? No, seguro que no los quieres. Pero claro que puedes ayudar. Mándame una soga. 

(ficción)

Whiplash

Ha vuelto a pasar. Y es que hay algunos colectivos a los que les cuesta especialmente distinguir entre la realidad y la ficción; quizá sea por lo poco acostumbrados que están a verse reflejados en películas.

Ayer por la tarde estuve viendo Whiplash, y no disiento en absoluto de la (mayoría de la) crítica cinematográfica que había leído hasta la fecha. Es cierto que no tiene el espíritu atormentado que transmite Birdman, pero eso no implica que sea peor (hay un detalle de Birdman que en mi opinión destroza la película, y lo voy a dejar ahí). La película es espectacular y magnífica y atrapa desde el principio.

Sin embargo, tenía curiosidad por ver que le parecía a la crítica musical y a los músicos profesionales (incluyendo profesores de academias de música), así que me puse a buscar y como era de esperar no les ha gustado nada. Nada de nada. Prácticamente lo mismo que pasó hace unos años con En tierra hostil de Kathryn Bigelow. En aquella ocasión los artificieros salieron a la palestra quejándose, para aclarar, por si había alguna duda, de que ellos no actuaban de la manera temerosa y casi suicida que se muestra en la película y que la visión que se daba de su profesión era irreal y bla bla bla.

Está claro que cada cual tiene derecho a expresar su opinión, pero no recuerdo haber leído en ningún lugar que Damien Chazelle dijese haber pretendido hacer una obra intimista y fiel del jazz. ¿Que no es como se muestra en la película? Tampoco lo es la seguridad informática y me atrevo a aventurar que lo mismo sucede con la investigación forense, la biología, la profesión de escritor, las matemáticas, el cine, el deporte... bueno, en general una buena parte de lo que se ve en las pantallas. Por no hablar de las 'licencias' y omisiones históricas y culturales que con demasiada frecuencia se ven en el cine (y que sólo reconocen los afectados por la incorrección/salvajada de turno, como ubicar las fallas en Sevilla).

¿Es eso un problema? Hasta cierto punto. Si eres tan idiota como para creerte todo lo que ves en pantalla, sí. Pero el problema en tal caso lo tienes tú. ¿Que sería deseable una mayor cuota de realismo? Es posible, pero aun así no estoy seguro de que la realidad pueda llevarse a la ficción siempre de una manera interesante para todos los públicos.

Volvamos. Es cierto, podría haberse hecho una película más fiel a la realidad; más cercana al mundo del jazz, de la música, más fiel con el esfuerzo personal y la superación, pero entonces no sería Whiplash. Sería otra cosa.

¿Limita el disfrute de ver Una mente maravillosa el hecho de que las alucinaciones de la esquizofrenia no sean como se muestran en la película? No. Probablemente si el director hubiese buscado realismo, se habría perdido gran parte del impacto. Pues aquí pasa lo mismo. No me cabe duda de que el jazz es infinitamente más grande que lo que aparece en pantalla. Pero, en definitiva, ¿a quién coño le importa la realidad? Es ficción, idiota.

Fotos.4

Una pantunfla de color rosa

En una esquina de la habitación, un montón de ropa sucia espera desde hace tres días que alguien la meta en la lavadora, añada detergente y suavizante al cajetín y gire el dial y la ponga en marcha y remate el proceso tendiendo el resultado. Unos metros más allá, atravesando el tabique de ladrillos del 4 cubierto de gotelé, una pantunfla de color rosa comprada el pasado febrero en un mercadillo y cuya tonalidad ha comenzado ya a apagarse permanece solitaria en mitad de la cocina, mientras su dueña empieza a descomponerse junto a ella. La forma en que su boca está aplastada contra el suelo convierte la escena en un chiste pero no hay nadie para reírse aparte de ti.

Libros, de nuevo

Lo he vuelto a hacer. Podría excusarme en mi interés por mantener a flote la industria editorial hasta que acabe, espero que pronto, mi novela, pero creo que ni por esas.

Si bien es cierto que mi tendencia acumulativa ha cedido en los últimos meses al sentido común, a veces se me olvida y entonces sucumbo al placer de comprar libros aun sabiendo que las probabilidades de que no los lea son significativas.

Tengo tantos libros haciendo cola que ni los recuerdo todos y lo peor es que hay gente que sigue escribiendo.

Si hago un breve repaso, en la primera categoría encuentro aquellos que a estas alturas de mi vida empiezo a asumir que jamás leeré, como El día del Watusi de Francisco Casavella o Cosmópolis de Don Delillo. En esa misma sección se encuentran también los los clásicos que adopté impulsivamente, como La insoportable levedad del ser de Milan Kundera, Viaje al fin de la noche de Louis-Ferdinand Céline, La montaña mágica de Thomas Mann o Rayuela de Cortázar, por mencionar solo algunos.

La siguiente categoría es la de los que empecé pero estoy casi seguro que no terminaré nunca, ya sea por falta de constancia, tiempo o interés. Más esto último que cualquier otra cosa. En la orilla, de Chirbes, Nostromo de Joseph Conrad, El lamento de Portnoy de Roth o Corre, conejo de John Updike son algunos que me vienen a la mente.

La tercera está formada por aquellos que he leído pero con los que me gustaría repetir. Son demasiados, creo. Ansiedad de Scott Stossel, El guardián entre el centeno de Salinger, El proceso de Kafka, Pastoral Americana de Roth, El antropólogo inocente de Nigel Barley o El malestar en la cultura de Freud. También debería tratar de releer La subasta del lote 49 de Pynchon, solo por ver qué me aporta una segunda lectura. Hay otros muchos, como la serie Fundación de Asimov, pero eso sería pedir demasiado. 

Debería acabar esta entrada con aquellos que estoy decidido a leer, los haya empezado o no. Las dos menciones destacadas son La broma infinita de DFW y Jota Erre de William Gaddis, que juntos deben sumar unas 2300 páginas que me temo que por momentos serán casi ininteligibles. Admito que, no sin sacrificio, voy a esperar a acabar Jota Erre para comprar Los reconocimientos de Gaddis. En esta lista también veo a La maravillosa vida breve de Óscar Wao de Junot Díaz, Amor líquido de Zygmunt Bauman y (creo) Cómo aprendí a leer, de Agnés Desarthe. Seguro que hay más, pero mi memoria tiene las patas cortas.

Tampoco puedo olvidar otros en los que estoy interesado, aunque se salgan un poco de mis preferencias habituales. Otros dos clásicos más, como no podría ser de otra manera: Hojas de hierba de Walt Whitman y Las flores del mal de Charles Baudelaire.

Son muchos y faltan otros tantos que hace años que acumulan polvo en las estanterías de Valencia, sin contar todas las adquisiciones que hice durante Filosofía. 

A pesar de todo eso, como decía al comienzo, lo he vuelto a hacer. Ayer añadí/me regalaron Limónov de Emmanuel Carrère y Ánima de Wajdi Mouawad a la lista. De momento, entran en la cuarta categoría (un poco de voluntarismo siempre es necesario): aquellos que estoy decidido a leer (de lo contrario, no los habría comprado). Dentro de unos meses veremos si me he equivocado. 

(El oficio de vivir, de Cesare Pavese, queda pendiente para el siguiente brote consumista).

En fin. Debería leer más, escribir más y hacer todo lo demás menos. No hay tiempo para todo y tampoco fuerza de voluntad.

Fotos.3 / Terraza.3 / Samy

Terraza.2

No estoy muy literario últimamente...