El primer borrador

Si existe un consejo casi universal para aquellos que se aventuran en la escritura de una novela es este: no te detengas a editar mientras escribes.

No corrijas, no es el momento de hacerlo. Céntrate en seguir con la historia. Progresa. Pasa a la siguiente frase. No pienses si la gramática está bien, si el vocabulario es el adecuado, si existe alguna incoherencia con el resto de la historia. Dedícate a avanzar hasta poner el punto final, hasta tener entre tus manos el primer borrador.

Quizá sea exagerado, pero el objetivo es lograr un primer borrador, y tiene todo el sentido. Editar lo que vas escribiendo retrasa el avance, lo que en última instancia puede tener como consecuencia que abandones a mitad de camino, por muy excelente que sea lo obtenido hasta ese momento. Y por desgracia, medio borrador, aunque tenga una prosa sublime, no es una novela. En realidad, ni siquiera es un borrador; solo es medio borrador. 

Sí, es cierto que con esta estrategia ese primer borrador va a requerir un trabajo sustancial de revisión, pero sigue siendo un borrador finalizado, una historia (más o menos) cerrada. Psicológicamente eso es importante.

Sin embargo, mi experiencia personal es un poco diferente. Hasta que conseguí el primer borrador de la novela, no solo editaba al mismo tiempo que escribía, sino que lo que es peor, retrocedía y corregía lo que había escrito la tarde o la semana anterior. Había días que no escribía ni una línea nueva. De hecho, aunque calculo que voy por el tercer borrador, hay párrafos y diálogos que habré reescrito más de una docena de veces. Y sigo haciéndolo. 

Han influido varios factores. El primero es que soy incapaz de dejar escrita una frase que no me guste. No necesito que me enamore, pero sí que la considere "aceptable", y eso en ocasiones lleva su tiempo. El segundo es que a lo largo de estos tres años ha habido periodos en los que durante meses no he fallado ni un solo día, frente a otros en los que ni siquiera me siento frente al ordenador. La consecuencia es que cuando retomo la escritura, necesito volver a meterme en la historia. Y eso requiere releer, lo que a su vez me lleva a corregir. 

Tampoco es oro todo lo que reluce; esta regla requiere tener una idea bastante exacta de los elementos principales de la historia: personajes, evolución, punto de vista, ritmo, el armazón de capítulos, incluso de las escenas, etc. Ese nunca ha sido mi caso; a veces avanzaba a trompicones y me he encontrado con nudos argumentales que me ha costado meses resolver. Simplemente, no podía seguir avanzando porque no sabía cómo hacerlo. 

Por otro lado, durante el primer año estuve experimentando con diferentes puntos de vista y tiempos verbales, hasta obtener el que más me gustaba. Cambiar la narración de pretérito a presente cuando solo llevaba 30.000 palabras me costó, pero si lo tuviese que hacer ahora con 140.000, la cosa iba a ser algo más complicada (y probablemente no lo haría). 

El principal beneficio de "escribir sin mirar atrás" es que se incrementan las probabilidades de obtener un primer borrador, que es el primer y probablemente mayor hito para acabar una novela.

Sin embargo, hay que ser consciente de que se corre el riesgo de llegar a un punto en el que cambiar algo que no te acaba de convencer del todo simplemente no es factible. Y sobre todo, que una escritura más pausada proporciona una visión más amplia y reflexiva sobre el universo en el que uno se mueve. Porque recordar el paisaje por el que pasaste hace un par de meses sin prestar mucha atención no es lo mismo que pararse y observarlo mientras caminas por él.

Angelus Novus

“Hay un cuadro de Klee que se llama Angelus Novus. En ese cuadro se representa a un ángel que parece a punto de alejarse de algo a lo que mira fijamente. Los ojos se le ven desorbitados, tiene la boca abierta y además las alas desplegadas. Pues este aspecto deberá tener el ángel de la historia. Él ha vuelto el rostro hacia el pasado. Donde ante nosotros aparece una cadena de datos, él ve una única catástrofe que amontona incansablemente ruina tras ruina y se las va arrojando a los pies. Bien le gustaría detenerse, despertar a los muertos y recomponer lo destrozado. Pero, soplando desde el Paraíso, una tempestad se enreda en sus alas, y es tan fuerte que el ángel no puede cerrarlas. Esta tempestad lo empuja incontenible hacia el futuro, al cual vuelve la espalda mientras el cúmulo de ruinas ante él va creciendo hasta el cielo. Lo que llamamos progreso es justamente esta tempestad”.

Walter Benjamin

El fraude de Donald F. Max

Abre el periódico al azar y va a parar a la sección de cultura. La fotografía de alguien llamado Donald F. Max ocupa un octavo de la página. A su lado se despliega un largo artículo cuyo punto final se ve impelido a buscar en la parte trasera de la misma página antes siquiera de comenzar a leer. La cara del sujeto le es vagamente familiar y busca en su memoria hasta que recuerda haber oído algo acerca de su trágica muerte hace varios años. También le suena hacerse la promesa incumplida de leer alguna obra suya, sistemáticamente ensalzadas por la prensa. Su curiosidad se agotó pronto y lo que vino después acabó de aniquilarla. Con ciertos aires apocalípticos, algunos críticos llegaron a decir que había muerto el último genio de la literatura y como de la nada, un nuevo y flamante genio literario apareció apenas un año y pico después. Su obra era bastante prolífica, teniendo en cuenta la edad a la que falleció: tres docenas de libros y varios libros de relatos, algunos de ellos inconclusos. El resto, siempre según los datos aportados por su biógrafo al periódico, se habían perdido en las innumerables mudanzas del escritor o este lo había quemado en uno de sus actos de locura.

El artículo comienza con un breve repaso a la vida y obra del individuo, fallecido según datos oficiales a los cuarenta y tres años de cirrosis, debido al parecer al alcohol contenido en la botella y pico de whisky que ingería a diario. Él duda de la existencia de un organismo con tal capacidad. Según se indica, la fotografía de la esquina es el único testimonio gráfico del rostro del escritor. No existen retratos de su infancia o adolescencia y sus progenitores habían muerto muchos años antes en un pueblucho del interior. El texto hace un repaso exhaustivo a sus datos vitales, extraídos de su biografía post-mortem, como el autor del artículo advierte a modo de descargo de responsabilidad: número de parejas sexuales y sentimentales, adicciones, manías y fobias, enfermedades sufridas, unas reales y otras inventadas, amigos y conocidos, traumas de la infancia, relación paterno-filial, para acabar haciendo inventario de su producción literaria, toda ella publicada con posterioridad a su muerte. 

Tras la introducción y puesta en contexto, lo interesante del artículo viene a continuación. Al parecer, una tesis postdoctoral de la Universidad de California aseguraba que el sujeto jamás había existido, lo que hacía particularmente difícil, si no imposible, que hubiese escrito algún libro. Durante tres años dos estudiantes de doctorado habían llevado a cabo lecturas comparadas de su obra, encontrando que el estilo desplegado en sus obras mostraba alteraciones poco justificables: textos que distaban entre si unos meses parecían escritos por diferentes personas y luego obras alejadas varios años reflejaban similitudes muy significativas. El fantasma utilizaba estilos literarios tan alejados que, o bien padecía un trastorno de identidad disociativo —trastorno de personalidad múltiple, se encarga de aclarar el articulista entre paréntesis— de una magnitud colosal, o se trataba de textos escritos por diferentes personas. Dado que la primera opción no solo era la menos probable sino que no era una de las múltiples e hipotéticas enfermedades mentales de las que hipotéticamente había sido diagnosticado en su hipotética vida, los autores de la investigación concluían afirmando que Donald F. Max no era uno, sino varios. 

Para disipar cualquier duda sobre la intención del estudio, apoyar la tesis principal y hacer frente a posibles demandas de la editorial, los estudiantes habían llevado a cabo una minuciosa investigación de la vida del escritor. A pesar de la solidez del núcleo principal, no les costó mucho encontrar pequeñas grietas y errores por las que introducirse: algunas personas que aparecían en la biografía como amigos o conocidos del presunto escritor o no existían, o habían muerto años antes de que pudiesen tener cualquier tipo de relación con este. Los peores casos aseguraban no conocerlo de nada. Existían incoherencias de carácter administrativo y en varios lugares en los que pretendidamente había vivido nadie le recordaba.

En conjunto todo formaba un cuadro coherente, una narración vital realista y verosímil, pero al rascar sobre la superficie habían comenzado a aparecer ausencias inexplicables, datos incontrastables o directamente erróneos; todo se volvía más mohoso y pegajoso. Sin embargo, los autores del estudio no se olvidaban de añadir que con todo, existían documentos legítimos como su partida de nacimiento y defunción, además de personas que afirmaban haberlo tratado en su juventud. 

A partir de ese punto, el autor del artículo trata de adoptar un enfoque y lenguaje falsamente objetivo, oculto en la coartada ofrecida por las opiniones de respetables académicos universitarios y profesionales del sector literario, y explica el principal argumento formado en el mundillo literario: la vida, obra y milagros de DFM no había sido otra cosa que una invención editorial, un fraude orquestado por la editorial Tadynus, cuya representante y relaciones públicas había afirmado en unas breves y someras declaraciones entrecomilladas que el estudio era un conjunto de conjeturas y vaguedades sin base real; parecía importante destacar que la editorial tenía un código de conducta y ético que prohibía las prácticas descritas. Aunque la biografía contenía multitud de datos en teoría reales, bastantes de los cuales podían ser contrastados, la opinión extendida era que la gran mayoría de ellos habían sido inventados, falsificados o amañados por personal de la propia editorial para dotar de un aura de misticismo e interés al virtual sujeto. Se especulaba que los libros habían sido escritos por estudiantes universitarios de filología y literatura (ninguno de los cuales, por desgracia, había sido localizado), para ser posteriormente corregidos por editores con experiencia, y algunas de las críticas literarias habían sido compradas y acordadas con los redactores y periodistas de algunas revistas. La campaña de marketing que Tadynus puso en marcha una década atrás para vender las obras, en palabras de la propia editorial, del autor desconocido más importante del último siglo fue un auténtico éxito; la historia trágica de un icono literario que había incluso llegado a sobrepasar el ámbito literario, y cuyos libros se siguen vendiendo en la actualidad con bastante éxito. Según el autor del artículo, el asunto tiene visos de levantar una gran polvareda en el sector literario y editorial, y ya existen algunos medios que se plantean demandar a la editorial por fraude.

(Doloroso descarte de la novela)

La causa de esta situación es o son las actividades de limpieza

Vamos con uno de esos ejercicios que tanto gustan. ¿Cuál es la frase correcta?

 

A. La causa de esta situación son las actividades de limpieza.

B. La causa de esta situación es las actividades de limpieza.

 

Parece ser que el "sonido" más armonioso del "son" parece indicar que "las actividades de limpieza" es el sujeto de la oración, ya que sujeto y verbo han de tener concordancia (en teoría). No obstante, ambas oraciones tienen la misma estructura y no hay ninguna razón que sugiera que "las actividades de limpieza" es el sujeto. 

En realidad, ambas partes pueden actuar de sujeto y atributo:

 

El atributo, en las oraciones con el verbo ser y si el sintagma es nominal (el núcleo es un sustantivo), es intercambiable con el sujeto. Cualquiera de los dos puede ser el atributo. En estos casos se suele considerar atributo el elemento que aparece en segundo lugar:

María es la vecina de mi madre.

La vecina de mi madre es María. 

 

Por tanto, según ese ambiguo "se suele", "las actividades de limpieza" no sería el sujeto, sino el atributo, pero en cualquier caso, como veremos la solución no radica en quién es el sujeto, ni tampoco en la concordancia sujeto - verbo. Esta concordancia es la regla general en oraciones copulativas, pero no es necesaria. Por ejemplo: "Tu principal problema son tus manías" es una frase totalmente correcta. Ni "Tus principales problemas son tus manías" (es rara) ni "Tu principal problema es tu manía" transmiten lo mismo.

Veamos un caso que se parece mucho al expuesto, en nuestro querido Diccionario panhispánico de dudas

 

2.1.1. Para establecer correctamente la concordancia del verbo ser en las oraciones copulativas, ha de tenerse en cuenta lo siguiente:

[...]

c) Cuando el sujeto y el atributo son dos sustantivos que difieren en número, lo normal es establecer la concordancia con el elemento plural«Mi infancia son recuerdos de un patio de Sevilla» (Machado Campos [Esp. 1907-17] 491); «Todo eso son falacias» (Ott Dientes [Ven. 1999]); «La primera causa de regresión de la especie son las alteraciones de su hábitat» (DNavarra [Esp.] 20.5.99). No obstante, en algunos casos es posible establecer la concordancia también en singular, en especial cuando uno de los dos sustantivos tiene significado colectivo, o cuando, siendo un plural morfológico, se refiere a un concepto unitario: «Quienes desarrollaron la cultura de La Venta era gente de habla maya» (Ruz Mayas [Méx. 1981]); «El sueldo es tres mil dólares al mes» (Donoso Elefantes [Chile 1995]); «Las migas ruleras es un postre que se reserva para la cena»(Vergara Comer [Esp. 1981]).

[...]

 

Por tanto, la frase que parece más cercana es la que utiliza el plural: "La causa de esta situación son las actividades de limpieza". Nótese, sin embargo, que la RAE dice "lo normal", por lo que parece entenderse que tanto el "son" como el "es" podría considerarse correcto, aunque pueda sonar extraño al oído.

Como siempre, me reservo el derecho a estar equivocado.

Vayan con cuidado.

Los filtros literarios (o cómo escribir para impresionar en Internet)

Hace mucho tiempo que no escribo dos posts en días consecutivos. Algún día tenía que volver a pasar. Ese día es hoy. A raíz de unos textos de Roy Galán que he leído en Facebook me he decidido a venir a hablar de una figura retórica que sin duda se habrán encontrado, y que se utiliza por lo general para mejorar el ritmo del texto y a menudo para darle dramatismo: la anáfora. Y como no soy nadie para ir definiendo términos, veamos qué dicen por ahí de él.

En su tercera acepción, la RAE nos envía directamente a "repetición", que en su novena acepción dice:

 

"9. f. Ret. Empleo de palabras o conceptos repetidos deliberadamente con voluntad expresiva."

 

En este caso, la Wikipedia es algo más exhaustiva, aunque viene a decir lo mismo:

 

"La anáfora es una figura retórica que consiste en la repetición de una o varias palabras al principio de un verso o enunciado. [...] La anáfora es también considerada como la repetición simple de una palabra cuando ésta va al principio de la frase. En prosa, puede consistir en la repetición de distintas frases o grupos sintácticos."

 

Seguro que ya tienen en la cabeza algún ejemplo, pero si no es así, vamos con uno que se me acaba de ocurrir, así con un trasfondo dramático (que es lo que gusta):

 

A veces me preguntas por qué ya no te escribo. Me cuesta creer que no lo sepas, aunque te lo diré. No lo hago porque dijiste que me querías y me abandonaste. No lo hago porque dijiste que me amabas y te fuiste. No lo hago porque dijiste que me necesitabas y desapareciste. No lo hago porque ahora ya sé que lo nuestro no fue más que una gran mentira.

 

Bueno, no es un gran ejemplo, pero nos vale. Es probable que esté mezclando alguna otra figura retórica, pero como no me las sé todas, pues obviemos esa posibilidad.

En fin, se hacen una idea. Como es fácil ver, se trata de una figura muy efectista (efectista: que pretende impresionar o llamar la atención) y que bien utilizada, es tremendamente útil. El problema es cuando del uso se pasa al abuso, momento en el que pasa de ser un recurso literario a un truco literario, lo que denota una falta de técnicas expresivas del autor, que trata de transmitir mediante la forma una profundidad que no es capaz de expresar mediante las palabras.

Por supuesto que la forma de un texto es importante; no transmiten lo mismo cinco frases cortas que una frase larga, aunque se utilicen las mismas palabras. No obstante, delegar toda la fuerza en la forma nos puede dar pistas de que quizá el fondo tiene problemas importantes (claro que no siempre; Cormac McCarthy utiliza un estilo muy particular en No es país para viejos y eso es sólo una decisión suya y no un reflejo de nada, más allá de quizá cierto interés por la experimentación).

Y aunque esto es básicamente lo que quería contar, dejemos atrás la anáfora y pasemos a otras pequeñas trampas o filtros, que es habitual encontrar en textos de Internet. Lo primero que vamos a hacer es manipular la estructura de las frases, y vamos a introducir repeticiones y pausas de manera algo artificial, junto con alguna palabra suelta por aquí o por allí. Siguiendo el mismo ejemplo anterior:

 

A veces me preguntas por qué ya no te escribo. Tú. Me cuesta creer que no lo sepas. Me cuesta mucho. Te lo diré. Sí, te lo diré. Sí. No lo hago porque dijiste que me querías. Dijiste que me querías y me abandonaste. No lo hago porque dijiste que me amabas. Sí, me amabas, pero te fuiste. No lo hago porque dijiste que me necesitabas. Tú, que me necesitabas, desapareciste. No lo hago, no. Ya no te escribo. Es cierto. No lo hago porque ahora ya sé que lo nuestro no fue más que una gran mentira. Una gran mentira.

 

Este texto dice lo mismo que el anterior, pero utiliza más palabras y podría decirse que suena más poético. Nuestra siguiente trampa es introducir pausas más largas mediante saltos de línea, con lo que se consigue un efecto aún mayor:

 

A veces me preguntas por qué ya no te escribo.
Tú. 
Me cuesta creer que no lo sepas. Me cuesta mucho. 
Te lo diré. Sí, te lo diré.
Sí.
No lo hago porque dijiste que me querías. Dijiste que me querías y me abandonaste. 
No lo hago porque dijiste que me amabas. Sí, me amabas, pero te fuiste. 
No lo hago porque dijiste que me necesitabas. Tú, que me necesitabas, desapareciste. 
No lo hago, no. Ya no te escribo. 
Es cierto. 
No lo hago porque ahora ya sé que lo nuestro no fue más que una gran mentira. 
Una gran mentira.

 

Podemos llevar este filtro un poco más lejos, eliminando algunas repeticiones. Eso lo hará más directo:

 

A veces me preguntas por qué ya no te escribo.
Tú. 
Me cuesta creer que no lo sepas. Me cuesta mucho. 
Te lo diré. 
Sí.
Te lo diré.
No lo hago porque dijiste que me querías. 
Y me abandonaste.
No lo hago porque dijiste que me amabas. 
Y te fuiste.
No lo hago porque dijiste que me necesitabas.
Y desapareciste.
No lo hago, no. Ya no te escribo. 
Es cierto.
No lo hago. 
Porque ahora ya sé que lo nuestro no fue más que una gran mentira. 
Una gran mentira.

 

No está quedando mal, y eso que básicamente estamos manipulando la forma. El fondo permanece inalterable. Es decir, aunque la apariencia poética del texto respecto a la versión original se incrementa, en realidad no hemos hecho gran cosa: no hay nuevo vocabulario, ni hemos añadido ninguna idea adicional. Tan solo hemos recortado las frases, las hemos organizado en diferentes líneas y hemos añadido algún golpe de efecto.

El truco (o filtro) definitivo viene a continuación. Se trata de añadir líneas en blanco, recortar algunas frases (aunque carezcan de sentido por sí solas) y repetir otras varias veces, creando patrones. Repetir es importante. De este modo, tenemos el texto listo para subirlo a Facebook, a nuestro blog, o a nuestra red social de preferencia y dejar una buena impresión: 

A veces preguntas.

Preguntas por qué ya no te escribo.

Tú preguntas.

Y a mí me cuesta.

Me cuesta creer que no lo sepas.

Mucho.

Me cuesta mucho creerlo.

Pero te lo diré.

No lo hago, no. Ya no te escribo.

No lo hago porque dijiste que me querías.

Lo dijiste.

Y me abandonaste.

No lo hago, no. Ya no te escribo.

No lo hago porque dijiste que me amabas.

Lo dijiste.

Y te fuiste.

No lo hago, no. Ya no te escribo.

No lo hago porque dijiste que me necesitabas.

Lo dijiste.

Y desapareciste.

No lo hago, no. Ya no te escribo.

No.

No lo hago, no. Ya no te escribo.

Ya no te escribo.

No lo hago, no. Ya no te escribo.

Es cierto.

No lo hago, no. Ya no te escribo.

Tienes razón.

No lo hago, no. Ya no te escribo.

Porque ahora ya sé que lo nuestro no fue más que una gran mentira.

Por eso no no lo hago.

Por eso no te escribo.

Por esa gran mentira.

En resumen, se trata de algo parecido a los filtros de fotografía. Utilizarlos está bien, y pueden ayudar a mejorar o enfatizar la impresión que el autor quiere crear con la escena, pero cuando se abusa de ellos y lo que realmente destaca es el propio efecto, una de dos: o el fotógrafo es malo, o la fotografía es mala.

Por si hay alguna duda, todo lo dicho aquí es una opinión exclusivamente mía, y me reservo el derecho de estar equivocado. Como siempre.

Vayan con cuidado.

Series (I): The Strain, Stranger Things, Fargo, The Wire, Catastrophe

A las buenas. Aprovechando que me han dejado de rodríguez y que acabo de rematar la temporada 1 de The Strain, se me ha ocurrido hacer una serie de entradas comentando algunas de las series que durante estos años hemos visto, hasta donde la memoria me permita y basándome en la impresión que me dejaron. Tranquilidad: como no tengo intención de desvelar detalles de las tramas, no me explayaré demasiado; para eso ya hay un montón de páginas. Dejaré fuera blockbusters del tipo Anatomía de Gray, House, Sexo en Nueva York, Friends y demás. No todos, según me dé. No tendría mucho sentido hacer una crítica de algo que todo el mundo sabe de qué palo va. Empecemos.

 

The Strain.

Como decía, acabo de rematar la temporada 1 y la impresión es que la serie es más bien flojilla. Supongo que el hecho de que la serie venga firmada por Guillermo del Toro ha ayudado a darle algo de fama (inmerecida). La serie mezcla diferentes elementos fantásticos en una especie de batiburrillo que en algunos momentos parece que los guionistas se inventen sobre la marcha (lo que no es así dado que está basada en un libro de Guillermo del Toro, pero sí lo parece).

A medida que la temporada avanza, te das cuenta de que su esquema se parece bastante al de The Walking Dead (lucha de grupo variopinto de personas algo estereotipadas en una cruzada común), aunque evidentemente con algunos cambios. Las interpretaciones no son nada del otro mundo, aunque la que realiza la madre de una de las protagonistas destaca por ser especialmente penosa. Entretenida, y ya. 

 

Stranger Things.

Esta serie, que parece que ha renovado para una segunda temporada, fue una de las revelaciones de este verano. El argumento es sencillo: un chaval se pierde en el bosque y en la búsqueda, sus amigos se meten en un fregao de tres pares de narices donde está el gobierno y algún que otro bicho paranormal. Francamente, aunque todo el mundo estaba loco con ella, no me pareció nada del otro mundo, más allá de ser un homenaje (a veces excesivo) a películas como Los Goonies o ET, incluyendo la estética.

Las interpretaciones, aceptables. Y discrepo de la opinión generalizada: a mí la niña no me transmite absolutamente nada en toda la serie.

En resumen: pasable, aunque sea como recordatorio de tu infancia. Aunque recuerden que, como decía Félix Grande: Donde fuiste feliz alguna vez / no debieras volver jamás: el tiempo / habrá hecho sus destrozos, levantando / su muro fronterizo / contra el que la ilusión chocará estupefacta. Están advertidos.

 

Fargo.

Esta serie es algo mucho más serio. A pesar tener el mismo nombre, no comparte trama ni personajes con la película de los hermanos Coen, pero sí evoca la estética, la manera de narrar, el humor negro y el carisma de los protagonistas.

Cada una de las dos temporadas plantea un escenario y unos protagonistas diferentes, cuyos detalles argumentales los tienen en filmaffinity. Las interpretaciones, sublimes todas ellas, y si tienes debilidad por Billy Bob Thornton como es mi caso, no puedes dejarla pasar. Yo no me la perdería.

 

 

The Wire.

Esta es la serie que se supone que hay que ver, que entra en la categoría de Los Soprano, A dos metros bajo tierra, Mad Men o Breaking Bad. Ya saben, una serie que en algún momento recibió la categoría de "Mejor serie de todos los tiempos". En fin. No les diré que la he visto entera, porque mentiría; llegué hasta el final de la segunda temporada, y debido a la falta de acompañamiento (es decir, que a Laura no le gustaba), acabé abandonándola.

La serie es una puñetera maravilla, en serio, pero no es algo como para ver mientras comes palomitas o miras el móvil, porque la complejidad argumental y el número de personajes hacen que no te puedas despistar, y aun así en ocasiones te preguntas quién coño es ese personaje o qué relación tiene con otros. Resumiendo, la serie es muy buena, pero es compleja y requiere una buena dosis de concentración.

 

Catastrophe.

Voy a acabar este post con una de las mejores series que hemos visto este verano y cuyas dos temporadas nos zampamos casi de una sentada. El argumento es sencillo: chico estadounidense (Rob) durante un viaje de negocios a Londres conoce a chica irlandesa (Sharon) y el folleteo ininterrumpido acaba en embarazo. El resto es una deliciosa comedia británica en la que ambos personajes (que son los directores y guionistas, y en la realidad se llaman también Rob y Sharon) intentan sobrevivir a las nuevas circunstancias.

En resumen, una serie muy agradable, sembrada de humor y conversaciones inteligentes, ironía, realidad, algo de mala leche y un conjunto de buenas interpretaciones, tanto de ellos dos como de los diferentes personajes secundarios. Que su puntuación en filmaffinity sea sólo de 7.1 es algo que me supera. 

 

Y eso es todo. La semana que viene (o cuando me acuerde), hablaré de A dos metros bajo tierra, Mr Robot, Transparent, The Knick, The Affair y The girl experience.

Vayan con cuidado.

El patriarcado ataca de nuevo

Seguro que conocen esta foto. Lo más probable es que hayan leído a muchas personas criticar la vestimenta de la jugadora egipcia, el hijab. También habrán leído críticas por el hecho de que la alemana juegue con bikini. Otras personas criticarán la vestimenta de ambas y dirán que es fruto del machismo. Bueno, sí, pero no. Ojalá fuese tan fácil.

En un lado de la red, una religión que oprime a la mujer y que (dicho suavemente) coarta su libertad para mostrar su cuerpo; lo cual, dicho sea de paso, tiene un tufillo a superioridad cultural y etnocentrismo que echa para atrás (por si no tuviera bastante con la discriminación de género; léase interseccionalidad para más detalles). En el otro lado de la red, tenemos a una sociedad sexista (la nuestra) que también oprime a la mujer, y en la que el cuerpo femenino se exhibe como cualquier un objeto de consumo.

Con esas premisas, la conclusión a la que se llega es sencilla: ninguna de las dos mujeres sabe pensar por sí misma. Es necesario que alguien venga a criticar, de nuevo, cómo visten dos mujeres que juegan un partido de volleyball. A abrirles los ojos. A liberarlas de su ignorancia. A salvarlas.

Se me ocurre que a lo mejor son dos mujeres adultas que para jugar el partido se han puesto lo que les ha salido del coño de acuerdo a sus ideas, sus creencias y sus principios. Que a lo mejor es cosa suya y de nadie más. Todo lo demás vuelve a ser, de nuevo, el mismo patriarcado de siempre opinando sobre algo que no le atañe.

No hay más. Me vuelvo a la novela.

Caminar

(Fragmento descartado de la novela, ligeramente alterado para no desvelar información de la trama).

Se tiende a pensar que la forma más silenciosa de caminar es de puntillas. En este movimiento, el peso recae en su mayoría en la unión de las falanges proximales con los metatarsianos. Puesto que el sonido de la pisada procede del contacto entre el pie y el suelo, al minimizar la superficie de contacto cabe esperar que este se reduzca. Sin embargo, conviene tener en cuenta varios inconvenientes. El primero es que el ser humano está adaptado a caminar con toda la superficie del pie, por lo que en ciertos casos, el impacto contra el suelo será más violento y generará un sonido de mayor intensidad que si se realiza toda la pisada completa. El segundo es que caminar así produce una pérdida de estabilidad que puede acabar con el pie contrario aterrizando abruptamente en el suelo para evitar la caída, lo cual es desde luego contraproducente. El tercero es que si el individuo se ve obligado a detenerse en su movimiento, por ejemplo porque escucha a su agresor moverse por la habitación contigua, una postura estática de puntillas genera una tensión extra sobre las extremidades inferiores que es posible que la víctima no sea capaz de mantener mucho tiempo. Por último, la física determina que al disminuir la superficie de apoyo, la presión ejercida sobre el suelo se incrementa, lo que en suelos de madera o cuando se camina sobre baldosas sueltas puede generar ruidos indeseables, además de sonidos provenientes de las articulaciones, sobre todo si se camina descalzo. Una alternativa a caminar de puntillas es realizar el movimiento completo del pie pero ralentizándolo, de modo que la pisada imite el balanceo de una mecedora a cámara lenta. Además de ser un movimiento anatómicamente más natural, que el pie contrario al que inicia la pisada tenga la mayor parte de su superficie sobre el suelo incrementa la estabilidad, reduce el estrés muscular y disminuye los sonidos. Cuando pasas años tratando de esconderte de alguien con la capacidad y el deseo de asesinarte, incluido este preciso momento, tienes ocasiones de sobra para comprobar empíricamente que esta segunda opción es preferible, y que acompañada de una respiración pausada y un calzado adecuado permite alcanzar casi el silencio absoluto al caminar, además de proporcionar un mejor apoyo en el caso de tener que huir. 

Equilibrio

Algunas noches, cuando cenamos con vino, cojo la copa cuando todavía está medio llena y juego a posarla en el sofá junto a mí. Sobre la tela que cubre la gomaespuma, encima de algún cojín que tenga cerca o encima del brazo acolchado, en realidad da igual el lugar, solo importa que no sea una superficie firme, sólida, segura, como se supone que debería ser.

Tras apoyarla con lentitud, como el que coloca el último eslabón en una larga cadena de piezas de dominó o la carta definitiva en un castillo de naipes, separo las manos y las mantengo alrededor, esperando que el conjunto gane la estabilidad suficiente para sobrevivir sin mi ayuda. Poco a poco las retiro, hasta que dejo la copa expuesta en un equilibrio precario, a merced de cualquier alteración en su base que la pueda precipitar contra el suelo si no soy lo bastante rápido en su rescate. Me gusta ver el vino mecerse encerrado dentro de la pared cóncava de cristal, a veces con violencia, y la forma en que el caos del líquido amplifica cualquier movimiento por pequeño que sea.

Lo habitual es que la observe balancearse durante unos segundos, casi inmóvil en mi asiento, ante la mirada inquisitiva de Laura, y la acabe rescatando de nuevo entre mis dedos antes siquiera de que pueda correr peligro alguno. Pero de vez en cuando, algo hace que olvide que está ahí: una llamada, un pensamiento, una pregunta, o simplemente yerro al cogerla, y acaba en el suelo hecha añicos sobre un pequeño charco de vino.

A veces me siento un poco como esa copa.

¿Su música la o le hace soñar a ella?

Hoy traigo uno de esos ejercicios que me gustan. De este hace aproximadamente mes y pico. He aquí la frase:

 

Su música la / le hace soñar a ella.

La cuestión, como es evidente, es: ¿qué es lo correcto, utilizar "la" o "le"? Argumenta tu respuesta.

 

Vamos allá. Esta es fácil.

Como no podría ser de otra manera, la referencia principal es el Diccionario Panhispánico de Dudas, en su artículo sobre el laísmo, leísmo y loísmo:

 

Leísmo: 
Es el uso impropio de le(s) en función de complemento directo, en lugar de lo (para el masculino singular o neutro)
, los (para el masculino plural) y la(s) (para el femenino), que son las formas a las que corresponde etimológicamente ejercer esa función [...].

 

Está claro, ¿no? Sí. La cuestión es, por lo tanto, saber si "a ella" es complemento directo o indirecto. Intuitivamente, muchos nos guiamos por la preposición "a" para directamente concluir que es indirecto. Entonces, ¿es complemento indirecto? Es ahora cuando viene lo interesante. Vamos directamente al punto 4.b), 2º párrafo, del artículo indicado, específicamente la parte que señalo en negrita:

 

Los verbos hacer y dejar, cuando tienen sentido causativo, esto es, cuando significan, respectivamente, ‘obligar’ y ‘permitir’, siguen la misma estructura que los verbos de influencia: «verbo causativo + complemento de persona + verbo subordinado». Tanto hacer como dejar tienden a construirse con complemento directo si el verbo subordinado es intransitivo: «Él la hizo bajar a su estudio y le mostró el cuadro» (Aguilera Caricia [Méx. 1983])«Lo dejé hablar» (Azuela Tamaño [Méx. 1973]); y tienden a construirse con complemento indirecto cuando el segundo verbo es transitivo: «Alguien lo ayudó a incorporarse, lo estimuló y hasta le hizo tomar café» (JmnzEmán Tramas [Ven. 1991]); «El alcaide de la cárcel le dejaba tocar el banjo todas las mañanas» (Cela Cristo [Esp. 1988]).

 

Para complicar un poco las cosas, el verbo soñar es tanto transitivo como intransitivo. Es decir, que puede admitir complementos como no admitirlos. En esta frase "a ella" no es un complemento de "soñar", sino de "hacer soñar", por lo que en este caso particular, "soñar" es intransitivo. Por esto, "a ella", de acuerdo con lo anterior, actúa de complemento directo.

Llegados hasta aquí, el resto es fácil; si atendemos al artículo de la RAE "Uso de los pronombres lo(s), la(s), le(s). Leísmo, laísmo, loísmo", debería utilizarse 'la'. 

Es muy sencillo verlo si comparamos la frase ejemplo de la RAE con la de nuestro ejercicio: "Él la hizo bajar a su estudio" y "Su música la hace soñar". Otro ejemplo que quizá suene raro pero que es la forma correcta: "El polén la hace estornudar" , dado que estornudar es intransitivo.

Y a esto dedica el tiempo un servidor. Como siempre, aplica un descargo de responsabilidad, y es que uno no es infalible, por más que lo parezca.