Huellas

Muchas personas entienden un hijo como la vía a la inmortalidad, aunque en ocasiones no de manera consciente o con esas palabras. Permanece en el pensamiento colectivo la idea de que pasamos a la posteridad a través de nuestra descendencia; eso es lo que el ser humano deja para el futuro. Es posible que esa idea surja como respuesta a la inmediatez, a la cercanía, a la presencia de la muerte, que pasados los veinte y superado el complejo de superman nunca está tan lejos como nos gustaría; es un pequeño consuelo: el día que muera, sé que habré dejado un surco en la Historia, con mayúscula. Quizá un surco pequeño, quizá uno insignificante o, en el peor de los casos, uno teñido de maldad, de estupidez, de indiferencia. A lo Maquiavelo, la inmortalidad bien se merece todo lo demás.

Podemos aplicar lo mismo a aquellos que a través de sus obras consiguen trascender su existencia: inventores, pintores, filósofos, escritores, creadores en general, pero también asesinos, genocidas, torturadores. Es muy interesante el caso de estos últimos, que son escoltados y conducidos a la eternidad por las víctimas sobre las que descansa su nombre. Has de saber que no fue suficiente con morir; vas a contribuir a llevar a tu verdugo al fin de los tiempos. Nadie recordará tu nombre, sólo el del asesino que con sus manos o con las de otros, te quitó la vida. Se escribirán biografías, se analizará su vida, se rodarán documentales, todo gracias a tus lágrimas, tu sangre y tu sufrimiento. La memoria no hace distinciones: recuerda algo o no recuerda y las razones por las que lo hace son irrelevantes; no es posible aplicar un filtro a nuestros recuerdos como si se tratase de una hoja de cálculo. Sería deseable que la Humanidad se permitiese olvidase la identidad de los asesinos; no borrarlos, no negar su existencia. Dejarlos de lado, sacarlos de la Historia o arrinconarlos en una esquina; sus víctimas se merecen al menos el respeto de que no encumbremos a aquellos que acabaron con su existencia. ¿Sería eso negar la memoria de las víctimas? Quizá. Pero, en realidad, ¿de la memoria de quién estamos hablando? En la cabeza resuenan Stalin, Hitler, Pol Pot, Torquemada. Debajo de ellos, como piezas prescindibles, intercambiables, algunos nombres sueltos. Millones de asesinados de los que sabemos algo cuando aparecen en los medios por alguna conmemoración, evento, o curiosidad histórica. Nombres que olvidamos a los pocos segundos pero que son los granos de arena que construyen el castillo de sus verdugos. Sólo aquellos que tienen una relación directa con las víctimas conocen alguno, pero es cuestión de tiempo que esa línea acabe por deshilacharse y romperse; adivinen entonces quién permanecerá en la Historia. Por tanto, ¿la memoria de quién estamos preservando? No parece un trato justo. 

En un tercer grupo quedan aquellas personas sin descendencia ni relevancia histórica; aquellas que no dejan nada detrás de ellos. Aquellas que simplemente, desaparecen, pasan sin hacer demasiado ruido, sin levantar la mano, sin molestar. Esas que alguien se atrevería a decir que no dejan surco, huella, memoria. Sin embargo, afirmar eso es dotar de una trascendencia que no tiene la existencia humana y al mismo tiempo negar la existencia concreta de esos seres humanos. Lo cierto es que nadie muere sin dejar huella y todos morimos sin dejarla. Porque en un abanico de infinitos universos posibles, son los actos de cada ser animado o inanimado a lo largo de millones de años los que hacen que las cosas sean exactamente como son y no de otra manera. Y sin embargo, cuando al final de los tiempos todo esto se apague, lo que somos y lo que fuimos desaparecerá como una pisada en la arena al llegar una ola.

Viento y lluvia

En el cristal de la mesa de Ikea de segunda mano que hace un par de meses compré a un argentino que se mudaba con su mujer a Cádiz, y que me costó horrores meter en el coche, veo las nubes moviéndose a toda velocidad. Parece como si huyesen de algo. El viento sopla con fuerza y las sábanas colgadas al otro lado del ventanal en la finca de enfrente se agitan con violencia. Me asombra que la mujer que las ha tendido, porque he visto que era una mujer, confíe tanto en las pinzas que las sujetan a las cuerdas de nylon verde, cuando cada vez que utilizo el tendedero exterior compruebo el nudo y me pregunto si resistirá. La contestación no tarda en llegar al comenzar a tender las sábanas, pantalones, camisetas, suéters o fundas de las almohadas. Así que me hago una pregunta que no puedo contestar, sobre la que sólo puedo hipotetizar, me arriesgo y tomo una decisión. No es que sea una decisión demasiado trascendente. Pero no creo que dejase fuera la ropa en un día como hoy. No, seguro que no. ¿Será ella más valiente que yo? ¿Más inconsciente? ¿Más experimentada? Quién sabe.

Por la franja de cristal, que es de apenas unos centímetros, también aparecen algunos pájaros solitarios. Hace unos días veía grupos de pájaros formando una V, que me recuerdan a las formaciones de ciclistas cuando hay viento racheado, pero ahora ya apenas los veo. Como las nubes, ellos también huyen, aunque no sé si de nosotros, de esta ciudad o de todo en general. Aunque la silueta que es su reflejo no permite apreciar los detalles, diría por el tamaño que los solitarios son gaviotas, esas que tienen su residencia habitual en el Manzanares, a apenas unos metros de aquí. Se deslizan por la superficie brillante y continúan hacia la parte de la mesa sobre la que se refleja la persiana, que tengo bajada a la altura del pecho. Entonces desaparecen. Ha dejado de llover. 

Se está nublando y la luz, ya escasa de por sí, comenzará pronto a desaparecer. Justo donde la persiana corta el firmamento, reposa una taza de café que tomé hace ya un par de horas; los restos se han secado y a simple vista aparecen adheridos con fuerza a la cerámica, pero como tantas otras cosas en la vida, serán suficientes unas gotas de agua para que se diluyan y se desprendan de las paredes. Casi nada es tan resistente como parece a simple vista.

Ayer acabé La ley del menor, de Ian McEwan. Me gustó mucho su lectura, tanto en la forma, quizá más clásica de lo que estoy acostumbrado, como en el contenido. Esta mañana, antes de levantarme de la cama, he comenzado Para que no te pierdas en el barrio, de Patrick Modiano. Ya lo dejé ayer por la noche en la mesilla adrede. Son apenas 140 páginas; voy ya por la mitad y calculo que lo acabaré hoy; me da miedo estar acostumbrándome a leer demasiado deprisa y que acabe engullendo las palabras como engullo la comida. Este libro me está gustando más que el anterior, Tan buenos chicos, del que, he de admitir, apenas guardo algún recuerdo. A diferencia de estos dos autores, siempre he sido poco dado a ambientar historias en lugares reales, quizá porque pienso que Valencia o Madrid son ciudades menos glaumorosas que Londres o París, en las que estos novelistas ambientan estas dos obras. Es probable que se trate del típico complejo de inferioridad español frente a nuestros vecinos del norte, expresión manida donde las haya.

Ha vuelto la lluvia. Enciendo el flexo y acabo escribiendo esta última línea. Es hora de comer.

¿Es útil Twitter?

Hace unas semanas Borja Ventura escribía en Yorokobu un interesante artículo sobre Twitter, en el que planteaba el problema que se está encontrando esta red social para generar tráfico hacia los contenidos que se publican en tweets. Es decir, lo difícil que resulta que un usuario de Twitter pinche en un enlace y acceda a un contenido externo, y lo pobre que queda en comparación, por ejemplo, con Facebook.

Aunque por supuesto mi experiencia no es extrapolable a todas las webs, lo que plantea el post es algo que personalmente vengo viendo desde hace un tiempo, y es un problema al que Twitter tendrá que hacer frente tarde o temprano. Veamos algunos datos, para los que he cogido estadísticas de Google Analyitcs y el periodo desde el 1 de octubre hasta hoy.

Unsociability.org

En primer lugar, mi blog personal. Desde luego, el tráfico es tan escaso que los datos no son muy relevantes, pero muestran lo mismo que veremos luego. Si analizamos los últimos tres meses, mi número de "seguidores" en Twitter se ha mantenido en torno a los 500, y el de "amigos" por debajo de los 100. Esto supone aproximadamente un mútiplo de 5x a favor de Twitter.

Sin embargo, las estadísticas muestran que las visitas provenientes de Facebook supone el 60% de las visitas de tráfico social, frente al 40% de Twitter. Esto parece comprensible; al fin y al cabo, mis contactos en Facebook incluyen a amigos, compañeros de trabajo, familiares, etc., más dados a pinchar en un enlace que una persona con la que no tengo ningún vínculo. Esto supone un múltiplo de 1,5x a favor de Facebook. No parece mucho.

Aun así, el problema viene cuando a ese 25% de tráfico que procede de Twitter le restas el 60% que suponen los clicks procedentes de las visitas al perfil (y que por tanto, no van asociados a clicks sobre contenidos publicados en tweets), donde pasamos a un múltiplo de casi 4x a favor de Facebook. Eso ya no parece tan normal.

El resultado es que el tráfico que procede de los enlaces publicados en tweets es casi insignificante.

Security Art Work

Security Art Work (SAW) es un blog de S2 Grupo especializado en seguridad de la información del que soy editor. Con una media de 1500 visitas al día, aquí los números sí que nos permitirán hacernos una idea mejor de la relevancia de cada una de las redes sociales. Actualmente, SAW tiene 334 "Me gusta" en Facebook y 9500 "followers" en Twitter (cuentas que no gestiono yo). Esto supone aproximadamente un mútiplo de 28x a favor de Twitter. Parece bastante, ¿verdad?

Si vemos las estadísticas del tráfico de origen social, el 70% de las páginas vistas proceden de Twitter y el 15% restante de Facebook (hay otros orígenes "sociales" que llevan el porcentaje al 100% pero que no tienen relevancia aquí). Parece lógico, aunque supone aproximadamente un múltiplo de 5x. Si a ese 70% le restamos el 13% que procede de las visitas al perfil, el múltiplo resultante es de sólo 4x a favor de Twitter, muy inferior al 28x que hemos visto arriba.

Hijos Digitales

Veamos otro blog de S2 Grupo con datos relevantes: Hijos Digitales (HD). Actualmente, HD tiene una media de 14.000 visitas al día, 717 "Me gusta" y 2600 "seguidores". Tirando por arriba, esto supone aproximadamente un mútiplo de 3,5x a favor de Twitter.

Sin embargo, si vamos a las estadísticas, nos encontramos con que el 80% del tráfico de origen social procede de Facebook, mientras que sólo un 17% procede de Twitter. Esto hace un múltiplo de 4,7x a favor de Facebook. Si como antes, le quitamos las visitas al perfil, el múltiplo se incrementa a 5,5x a favor de Facebook. Se mantiene así la tendencia que hemos visto en los dos casos anteriores.

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La conclusión es clara: a la hora de generar tráfico hacia un site, el ROI de un contacto de Facebook es bastante mayor que el de uno de Twitter. Es decir, siempre teniendo en cuenta la necesidad de  mantener un perfil social en las principales redes sociales, son más "rentables" los recursos que se dedican a Facebook que los que se dedican a Twitter.

Hay varias razones con las que podríamos explicar esto, siempre según mi experiencia.

En primer lugar, los usuarios de Facebook tienden a incluir entre sus contactos personas que conocen o con las que tienen una relación cercana; amigos, compañeros de trabajo, familiares, etc. Sin embargo, en Twitter la situación es más bien la contraria, hasta el punto de que son habituales las cuentas "anónimas" o protagonizadas por personas que adoptan como identidad un personaje construido. Si tenemos en cuenta que probablemente le asignamos mayor credibilidad e interés a una persona que conocemos que a una que no conocemos, tenemos una primera respuesta.

La segunda tiene que ver con el ritmo de publicación o volumen de contenidos. Por lo general, el timeline (TL) de Twitter es mucho más dinámico que el de Facebook; un usuario de Twitter puede fácilmente publicar 5 tweets al día de manera regular. Si un usuario sigue a 300 personas, eso son 1500 tweets al día. Ambos números son más que razonables, y tiendo a pensar que por lo general, son mayores. Eso implica que un tweet concreto es fácil que pase por alto entre un número tan alto de publicaciones. Por el contrario, en Facebook no es habitual ese número de publicaciones diarias. Por un lado, esto podría apuntar al declive que en parte también se le achaca, o incluso ala madurez que ha adquirido, pero es necesario recordar que con un uso "normal" de ambas redes sociales, el número de contactos en Facebook suele ser menor que el de Twitter. Por ejemplo, después de 4 horas sin conexión, puedo revisar en poco tiempo el TL de Facebook (100) pero hacerlo con el de Twitter (500) me parece un infierno y, en cierto modo, una pérdida de tiempo. Y aquí pasamos al tercer punto.

Y éste es el valor de los contenidos. Los contenidos en Facebook suelen estar formados por fotografías, vídeos y enlaces a contenido externo. Proporcionalmente, las "reflexiones" sin un apoyo de otro contenido son menos habituales en Facebook que en Twitter, cuyas interacciones y menciones entre los usuarios constituyen además una fuente importante de ruido. En general, por mi experiencia tiendo a pensar que el volumen de información "significativa" es mucho mayor en Facebook que en Twitter, aunque evidentemente eso siempre depende de los contactos en cada usuario y de lo que cada uno busque.

Hay otros factores que hacen que un usuario esté menos dispuesto a dejar la red social para visitar una web ajena que uno en Facebook; por un lado, el número de contenidos que deja de "ver" al salir a un contenido externo es mayor en Twitter, y por otra, en el caso de los móviles esa visita implica lanzar el navegador. Puede parecer una tontería, pero a medida que un móvil envejece, los recursos que requiere lanzar una aplicación y cambiar entre aplicaciones se incrementa, y llega un momento en el que el usuario puede decidir que la información del enlace "no compensa" el salto. Facebook ha resuelto esto hábilmente introduciendo su propio navegador en la aplicación para smartphones: aparte de obtener un mayor control sobre el tráfico generado, consigue que el usuario no tenga que cambiar de aplicación con lo que su experiencia es mejor y la resistencia a visitar la página se reduce.

La filosofía de la red social también tiene un papel importante. En twitter hay una cuasi obsesión por conseguir seguidores, lo que provoca que haya "seguimientos" recíprocos (en los que sólo uno o ninguno de los dos puede estar interesado en realidad en los tweets del otro), y que los usuarios tiendan a publicar aquella información que puede darles un retorno mayor en seguidores. Y esa información no son los enlaces. Pueden ser opiniones políticas, chistes, fotografías, comentarios, ocurrencias, etc., pero por lo general no un enlace a una web externa. Y una prueba de esto es la duración de los Vines: 6 segundos. Parece que Twitter no quiere que salgas de tu TL.

Por último, está el uso que los usuarios le dan a cada una de las redes sociales. Twitter parece que ha sido adoptada como herramienta de interacción, incluso diálogo (o discusión) entre los usuarios. El número de enlaces a medios externos es por lo general, no muy relevante entre el volumen total de tweets: comentarios, interacciones, retweets, etc. Eso hace que el usuario adopte cierta posición a lo que quiere hacer en la red social. Por el contrario, y siempre desde mi experiencia, en Facebook es menos habitual que se produzca esa interacción en el primer nivel, y que se traslade a los comentarios de la publicación. De este modo, la interacción queda relegada a un segundo plano que no "contamina" el contenido principal. 

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Seguro que hay muchas más razones, pero hasta aquí llega el análisis. Mi experiencia con Twitter como medio de promoción de contenidos a lo largo del año pasado es más bien decepcionante, y a la vista de las estadísticas de los otros dos blogs, creo que puede ser extrapolable a otros medios. Esta es, de hecho, una de las razones por las que estoy tratando de reducir mi presencia en esta red; en general, y sin ánimo de ofender, la recompensa que obtengo por el tiempo que le dedico es más bien pequeña.

¿Es útil Twitter? Sí, claro que lo es. Todo depende cuál sea el propósito para el cual se utilice. Creo que es un medio fantástico para el comentario de programas de televisión, eventos (partidos de fútbol o elecciones, por ejemplo), como medio de información en tiempo real y para la interacción con otros usuarios. 

Ahora bien, ¿hasta qué punto es capaz Twitter de monetizar esos usos? Creo que de momento, menos de lo que le gustaría y es posible que incluso menos de lo que necesita para los costes de explotación. El hecho de que los usuarios no accedan a enlaces externos hace poco atractivo el uso de sus herramientas de promoción de tweets o para el incremento de seguidores, dado que el ROI obtenido es bajo frente a otras herramientas como Facebook o Google AdWords. Por otro lado, el ruido que se genera es algo que Twitter deberá resolver a medida que la red social gana en penetración, si no es algo que ya le está afectando en su crecimiento.

Será interesante ver cómo evoluciona la red en el futuro, pero parece claro que alguien tiene que darle una pensada a su modelo de negocio.

Eppur si muove

Oh, vaya, ya está de nuevo el pesado este con el rollo de la puta novela. Qué tío más pesado.

Sí, qué pasa. Respect.

Bueno, a lo que iba. La última vez que aparecí por aquí para hablar de mi eterno proyecto fue el 6 de diciembre. Entonces llevaba 135.000 palabras. Ahora llevo 140.000. El incremento de 5000 palabras en un mes no parece mucho, aunque claro, no se trata de generar volumen. A pesar de lo que puede parecer, en este último mes he avanzado bastante. Menos de lo que me gustaría y desde luego, menos de lo que debería a decir por las horas que paso delante del teclado y los dolores de cabeza con los que acabo algunos días, pero bueno. Ya saben, el que algo quiere... 

El primer y principal cambio que he abordado está en la estructura. Debido a la forma en que había planteado la historia el final de las dos primeras partes me chirriaba un poco (bastante) y no veía muy clara la forma de solucionar el problema. Después de mover varios capítulos y adoptar un enfoque bastante diferente en la tercera parte ahora la veo más clara. He sincronizado algunos puntos conflictivos, y aunque es posible que la segunda parte se haya quedado un poco coja, pero eso lo abordaré en su momento.

También estoy jugando un poco, sin pasarme, con el uso del presente y el pasado. Me costó mucho decidirme a escribir la novela en presente (cambié varias veces al principio), pero me gusta más la sensación de cercanía temporal (y en cierto modo, crudeza) que causa un "el hombre mira el cielo" que un "el hombre miró el cielo". Creo que el culpable de esto fue Corre Conejo, de Updike. El cambio de estructura me ha permitido introducir algunos flashbacks en los que recurro al pretérito. Al principio comencé a escribirlos en presente, pero creo que era confuso y requería dar demasiados detalles del momento temporal en el que transcurría la escena. Para mí es interesante, pero entiendo que en un marco que transcurre en el presente, si la escena se retrae al pasado, mantener el presente puede ser un poco raro. Debo admitir que después de escribir tanto tiempo en presente, a veces me cuesta un poco elegir entre el perfecto y el imperfecto (comió vs. comía), aunque creo que en general lo estoy resolviendo bien.

El tercer cambio, bastante reciente, es cambiar el género del personaje que en mi opinión es el más carismático de la novela (y el más hijo de puta, todo sea dicho). Que fuese un hombre me empezaba a dar poco juego y era un estereotipo, así que me lo he "cargado" y en su lugar he puesto a su mujer. Y en el lugar de su mujer, a otra mujer. Este cambio me está dando mucho juego en algunas escenas y tengo ya algunos cambios pensados para la siguiente revisión; algunos necesarios, otros que quiero introducir. No, no hay nada sexual.

Y eso es todo de momento, creo. Aunque el listado de lecturas pendientes no hace más que incrementarse y con la llegada de los Reyes Magos todo apunta a que se incrementará aún más, he tenido que dejar aparcados un poco los libros en marcha (principalmente Jota Erre, La broma infinita y La maravillosa vida breve de Óscar Wao). La única lectura que mantengo, más o menos, es No es país para viejos, que abordo por tercera vez. Me avergüenza admitir no he leído nada más de Cormac McCarthy, pero desde luego en este libro el cabrón es astringente y áspero. Habrá que leer otros.

Y hasta aquí puedo leer. Sirva este post como intermedio entre tanta foto de recurso fácil. Con Dios.

Una botella de Pacharán

Son las dos y media pasadas. Cuando llego a la cola de la única caja del supermercado hay tres personas delante de mí. Una mujer joven, un hombre de mediana edad y una mujer mayor menuda, que hace unos minutos me ha pedido que le alcance un paquete de tila de la última estantería. Ninguno de ellos lleva más de cinco artículos. Mientras la mujer está metiendo el cambio en el monedero, entra un sujeto corpulento, con barba de varios días y barriga prominente, que es como son todas las barrigas. Sin entrar en el supermercado, aprovechando que las bebidas espirituosas están detrás de la caja, se acerca al dependiente y le dice:

—Oye, dame una botella de Pacharán.

El tono empleado es del que sabe que va a conseguir su propósito. A pesar de las reiteradas peticiones, el dependiente le ignora mientras atiende al hombre. Al ver que no consigue su resultado, se dirige al cliente que está siendo atendido:

—¿A usted no le importa, no? —pregunta, obviando el hecho de que debería preguntar a toda la cola.

—Sí —dice éste sin mirarle mientras otro empleado mete sus cosas en la bolsa.

Esa respuesta sorprende al recién llegado, así que supone que ha habido alguna confusión en la comunicación y trata de confirmar si es así:

—¿Le importa?

—Sí, me importa. Póngase a la cola, como todo el mundo —le contesta sin mirarle a la cara.

Tras el infructuoso intento, vuelve a la carga contra el dependiente, mientras el hombre que acaba de ser atendido sale del supermercado.

—Va, dame una botella de Pacharán. La tienes ahí detrás. Me la das y te cobras diez euros. Venga. —insiste.

—No puedo hacer eso, señor, tiene que ponerse a la cola.

—Vamos hombre, si la tienes ahí detrás.  Va, te cobras diez euros.

—Le digo que no puedo hacer eso. Tiene que ponerse a la cola. —dice, y da por cerrada la conversación.

Cuando miro, detrás de mí hay ya cinco o seis personas. Nadie lleva más de media docena de artículos. El hombre lo intenta entonces con la mujer mayor y frágil que va delante de mí:

—Disculpe, ¿le importa que... —dice, dejando la frase a medias como si no hiciese falta acabar de preguntar y la respuesta se diese por sobreentendida

La mujer asiente con la cabeza y le hace una señal para que pase, pero es posible que piense que necesita más apoyos, así que me mira y me pregunta exactamente lo mismo. Para su desgracia, mi contestación es diferente:

—Sí, me importa. Póngase a la cola.

—Vaya, podías haber quedado como un rey.

—No tengo necesidad de quedar bien. Es usted un jeta —le espeto, mientras comienzo a poner la compra en la cinta.

Decepcionado, ya un poco molesto y exasperado, me ignora e identifica un nuevo flanco: la persona que mete la compra en las bolsas. Es china y parece que no habla demasiado el castellano, a decir por las veces que tiene que hablar con el dependiente (que también es de ascendencia china pero probablemente español). Mientras le pide a éste, de nuevo, la botella del jodido Pacharán, llega el relevo a la caja, lo que desencadena algún tipo de clima propenso para el estúpido individuo, ya que uno de los dependientes coge la botella, éste le da cincuenta euros, aquél le da el cambio (cuarenta euros y algunos céntimos), éste le devuelve los céntimos con una mueca y desaparece por la puerta.

Unos segundos después salgo a la calle y en ese preciso momento un camión de la basura que circula a 90 km/h embiste al hombre de la botella de Pacharán, que se hace añicos contra el asfalto. El impacto hace que éste salga expedido quince metros, hasta golpearse la cabeza con un volquete lleno de escombros. Entre estertores y gemidos, de alguna parte aparece una jauría de perros salvajes que se abalanza sobre él. La sangre de los miembros desgarrados salpica a los coches adyacentes. Se suceden las peleas entre los animales, cuyos colmillos han desgarrado la piel del torso; los intestinos se extienden a los lados por el suelo. Uno de ellos se está comiendo la carne de la parte interna del muslo, mientras se suceden los gritos. Alguien avisa de que todavía respira, y se oyen aplausos entre los presentes. Los perros se dispersan con rapidez por las calles adyacentes, dejando huellas oscuras en el pavimento. Los que quedan son ahuyentados por una bandada de gaviotas enloquecidas surgidas de la nada; vemos con admiración cómo caen sobre él y se mueven nerviosas alrededor del cuerpo; las alas enrojecidas, los graznidos, las garras sobre el cuerpo. Los últimos gritos del hombre, antes de que un pájaro le arranque la garganta con el pico, hacen que varias personas se asomen a la calle. Tras contemplar el espectáculo unos segundos, vuelvan a sus quehaceres con una mueca de indiferencia. Los ojos duran poco tiempo en sus cuencas.  Cuando llega el barrendero quedan ya pocos pocos pájaros y no le cuesta espantarlos con el palo; recoge los escasos restos y los echa en el cubo de la basura. El pescadero echa varios cubos de agua encima de la calzada ensangrentada, que se vuelve rosada y forma un pequeño riachuelo pegado a la acera, que se pierde en la alcantarilla.

Los pocos que aún miramos sonreímos. Miro el móvil. Se hace tarde.

Lecturas recientes

Bien, allá vamos con las lecturas recientes, en esta ocasión por orden cronológico. En general, a excepción del libro de EVM, el "tono" de esta tanda ha sido más suave y, digamos, enfocado al entretenimiento. En la siguiente trataré una receta algo más mixta. Vamos allá.

Una madre, de Alejandro Palomas. Después de varias lecturas algo complicadas, la verdad es que necesitaba leer algo más cercano a la realidad, quizá más liviano, que lo que venía leyendo hasta ahora. Este libro, que se lee rápido sin que eso deba interpretarse como un inconveniente, fue un agradable cambio. Alejandro Palomas escribe una tragicomedia (más comedia que tragedia, no obstante) en la que es difícil no ver en algunos gestos o comentarios reflejos de uno mismo o personas cercanas. Como única pega, algunos personajes están algo caricaturizados, pero en general es una novela muy recomendable. 8/10.

Bartleby y compañía, de Enrique Vila-Matas. Este es, debo confesar, mi primer libro de Enrique Vila-Matas. Podría decirse que es un libro de ficción y al mismo tiempo no lo es. En éste el autor (o el protagonista, porque cuesta creer que no sean la misma persona) investiga la vida y algunas anécdotas de aquellos autores que un día decidieron que no iban a escribir más (algunos, de hecho, ni llegaron a comenzar). Aunque al principio es extraño encontrar algo más parecido a un ensayo que a la ficción donde esperabas una novela, tras unas páginas es fácil dejarse atrapar por el estilo.

Lo peor de todo, para mí, quizá sea el regusto algo amargo que me dejó el pensar cuál era (es) la razón de que dedique tiempo a escribir cuando podría estar viviéndolo; y por otro lado, el reconocimiento de la terrible insignificancia a la que está sujeto todo lo que uno crea. 9/10.

Risa en la oscuridad, de Vladimir Nabokov. Comencé este libro un viernes a las once y media, y lo acabé al día siguiente a las seis y media de la tarde. El libro es fantástico, aunque la contraportada revela más del argumento de lo que debería, y se lee, como digo, casi de un tirón. Me sigo sorprendiendo por libros como este que, escrito en 1932, muestran cómo a pesar de Presuntos Implicados, en realidad no hemos cambiado tanto.

Al acabarlo, comparando el argumento de Lolita (aunque hace tanto que lo leí que ni siquiera recuerdo si realmente lo he leído) con el de Risa en la oscuridad y siempre teniendo en cuenta que no he leído nada más de este autor, tuve la impresión de que Nabokov no tenía especial simpatía por las mujeres, y en especial por las mujeres jóvenes, otorgándoles una maldad manipuladora y calculadora. Pero como digo,  parto sólo de dos novelas. 8/10.

Un hijo, de Alejandro Palomas.  Tras leer Una madre, en un ataque de consumismo literario corrí a comprarme Un hijo, del que también había leído muy buenas críticas. Si la memoria no me falla, comencé el libro una noche a las once menos cuarto y a las dos y poco ya lo había acabado; eso no tiene porqué ser malo, y de hecho no lo es: la prosa es muy ágil, en parte gracias al argumento y los personajes, y se lee con mucha fluidez. No voy a dar detalles del argumento, pero la novela se estructura con capítulos alternos donde se varía el punto de vista de varios personajes, principalmente el niño y su psicoterapeuta; Palomas consigue que la transición entre capítulos sea casi perfecta y la información que se cruza se ajuste a la perfección.

Aunque no tiene el desarrollo de personajes de su anterior novela, lo cierto es que atrapa más, no sé si debido a que la lectura es más rápida (y por tanto, sabes que la resolución de esa duda está al cabo de unas páginas que leerás en escasos minutos) o al hecho de que haya una única historia con escasas bifurcaciones. Como pega, sólo un par. La primera, que  se echa de menos algo más de profundidad psicológica (aunque es verdad que eso habría convertido la novela en algo muy diferente y probablemente no lo que el autor tenía en mente). La segunda, que el desenlace es excesivamente abrupto y en cierto sentido simplista. Y eso es todo lo que puedo decir. 7/10. 

La historia del loco, de John Katzenbach. Hacía mucho que no leía un blockbuster, que es básicamente lo que es este libro. Se trata de una historia de intriga que se desarrolla en un manicomio en el que se produce un asesinato que dará pie al resto del libro. Mi interés por este libro procede de haber leído el primer capítulo, hace ya algunos años, cuyo enfoque me pareció muy atractivo; en mi opinión eso es lo mejor de toda la novela. Aunque el autor intenta reproducir el ambiente de un manicomio y las diferentes patologías que sufren sus habitantes, muestra bastantes limitaciones, especialmente cuando entra en la cabeza de Francis, un esquizofrénico (a decir por la contraportada) que es el principal protagonista. Por supuesto que nadie ha dicho que sea fácil, pero él ni siquiera se acerca; la descripción de las escenas en las que Francis lucha por sus demonios internos están lejos de resultar efectivas.

Aparte de eso, hay varias otras pegas: los personajes son estereotipos de la cabeza a los pies y hacia el final de la tienes la sensación de que (no sé si el autor o el traductor) tenía ya ganas de acabar y quitárselo de encima. Por último, como buen bestseller de intriga que se precie, un buen número de capítulos acaban con un cliffhanger ("momento final de suspense de un capítulo, temporada o serie que deja la acción inacabada y a los personajes, generalmente, en una situación complicada e inesperada", según el diccionario teléfilo), algunos de los cuales están un poco cogidos por los pelos.

Por lo que leo, varios lectores del autor llegaron a este título a través de El psicoanalista, y quedaron profundamente decepcionados, así que creo que tarde o temprano habrá que leer el otro. Para resumir, incluso en su nicho de mercado de superventas de intriga, el libro es regulero y bastante prescindible. Apenas un 4/10.

Y de momento, esto es todo. Sigo leyendo, sigo escribiendo, sigo viviendo. Pasen unas felices fiestas y que tengan una buena entrada en el 2016. Hay que ver, cómo pasa el tiempo.