El patriarcado ataca de nuevo

Seguro que conocen esta foto. Lo más probable es que hayan leído a muchas personas criticar la vestimenta de la jugadora egipcia, el hijab. También habrán leído críticas por el hecho de que la alemana juegue con bikini. Otras personas criticarán la vestimenta de ambas y dirán que es fruto del machismo. Bueno, sí, pero no. Ojalá fuese tan fácil.

En un lado de la red, una religión que oprime a la mujer y que (dicho suavemente) coarta su libertad para mostrar su cuerpo; lo cual, dicho sea de paso, tiene un tufillo a superioridad cultural y etnocentrismo que echa para atrás (por si no tuviera bastante con la discriminación de género; léase interseccionalidad para más detalles). En el otro lado de la red, tenemos a una sociedad sexista (la nuestra) que también oprime a la mujer, y en la que el cuerpo femenino se exhibe como cualquier un objeto de consumo.

Con esas premisas, la conclusión a la que se llega es sencilla: ninguna de las dos mujeres sabe pensar por sí misma. Es necesario que alguien venga a criticar, de nuevo, cómo visten dos mujeres que juegan un partido de volleyball. A abrirles los ojos. A liberarlas de su ignorancia. A salvarlas.

Se me ocurre que a lo mejor son dos mujeres adultas que para jugar el partido se han puesto lo que les ha salido del coño de acuerdo a sus ideas, sus creencias y sus principios. Que a lo mejor es cosa suya y de nadie más. Todo lo demás vuelve a ser, de nuevo, el mismo patriarcado de siempre opinando sobre algo que no le atañe.

No hay más. Me vuelvo a la novela.

Caminar

(Fragmento descartado de la novela, ligeramente alterado para no desvelar información de la trama).

Se tiende a pensar que la forma más silenciosa de caminar es de puntillas. En este movimiento, el peso recae en su mayoría en la unión de las falanges proximales con los metatarsianos. Puesto que el sonido de la pisada procede del contacto entre el pie y el suelo, al minimizar la superficie de contacto cabe esperar que este se reduzca. Sin embargo, conviene tener en cuenta varios inconvenientes. El primero es que el ser humano está adaptado a caminar con toda la superficie del pie, por lo que en ciertos casos, el impacto contra el suelo será más violento y generará un sonido de mayor intensidad que si se realiza toda la pisada completa. El segundo es que caminar así produce una pérdida de estabilidad que puede acabar con el pie contrario aterrizando abruptamente en el suelo para evitar la caída, lo cual es desde luego contraproducente. El tercero es que si el individuo se ve obligado a detenerse en su movimiento, por ejemplo porque escucha a su agresor moverse por la habitación contigua, una postura estática de puntillas genera una tensión extra sobre las extremidades inferiores que es posible que la víctima no sea capaz de mantener mucho tiempo. Por último, la física determina que al disminuir la superficie de apoyo, la presión ejercida sobre el suelo se incrementa, lo que en suelos de madera o cuando se camina sobre baldosas sueltas puede generar ruidos indeseables, además de sonidos provenientes de las articulaciones, sobre todo si se camina descalzo. Una alternativa a caminar de puntillas es realizar el movimiento completo del pie pero ralentizándolo, de modo que la pisada imite el balanceo de una mecedora a cámara lenta. Además de ser un movimiento anatómicamente más natural, que el pie contrario al que inicia la pisada tenga la mayor parte de su superficie sobre el suelo incrementa la estabilidad, reduce el estrés muscular y disminuye los sonidos. Cuando pasas años tratando de esconderte de alguien con la capacidad y el deseo de asesinarte, incluido este preciso momento, tienes ocasiones de sobra para comprobar empíricamente que esta segunda opción es preferible, y que acompañada de una respiración pausada y un calzado adecuado permite alcanzar casi el silencio absoluto al caminar, además de proporcionar un mejor apoyo en el caso de tener que huir. 

Equilibrio

Algunas noches, cuando cenamos con vino, cojo la copa cuando todavía está medio llena y juego a posarla en el sofá junto a mí. Sobre la tela que cubre la gomaespuma, encima de algún cojín que tenga cerca o encima del brazo acolchado, en realidad da igual el lugar, solo importa que no sea una superficie firme, sólida, segura, como se supone que debería ser.

Tras apoyarla con lentitud, como el que coloca el último eslabón en una larga cadena de piezas de dominó o la carta definitiva en un castillo de naipes, separo las manos y las mantengo alrededor, esperando que el conjunto gane la estabilidad suficiente para sobrevivir sin mi ayuda. Poco a poco las retiro, hasta que dejo la copa expuesta en un equilibrio precario, a merced de cualquier alteración en su base que la pueda precipitar contra el suelo si no soy lo bastante rápido en su rescate. Me gusta ver el vino mecerse encerrado dentro de la pared cóncava de cristal, a veces con violencia, y la forma en que el caos del líquido amplifica cualquier movimiento por pequeño que sea.

Lo habitual es que la observe balancearse durante unos segundos, casi inmóvil en mi asiento, ante la mirada inquisitiva de Laura, y la acabe rescatando de nuevo entre mis dedos antes siquiera de que pueda correr peligro alguno. Pero de vez en cuando, algo hace que olvide que está ahí: una llamada, un pensamiento, una pregunta, o simplemente yerro al cogerla, y acaba en el suelo hecha añicos sobre un pequeño charco de vino.

A veces me siento un poco como esa copa.

¿Su música la o le hace soñar a ella?

Hoy traigo uno de esos ejercicios que me gustan. De este hace aproximadamente mes y pico. He aquí la frase:

 

Su música la / le hace soñar a ella.

La cuestión, como es evidente, es: ¿qué es lo correcto, utilizar "la" o "le"? Argumenta tu respuesta.

 

Vamos allá. Esta es fácil.

Como no podría ser de otra manera, la referencia principal es el Diccionario Panhispánico de Dudas, en su artículo sobre el laísmo, leísmo y loísmo:

 

Leísmo: 
Es el uso impropio de le(s) en función de complemento directo, en lugar de lo (para el masculino singular o neutro)
, los (para el masculino plural) y la(s) (para el femenino), que son las formas a las que corresponde etimológicamente ejercer esa función [...].

 

Está claro, ¿no? Sí. La cuestión es, por lo tanto, saber si "a ella" es complemento directo o indirecto. Intuitivamente, muchos nos guiamos por la preposición "a" para directamente concluir que es indirecto. Entonces, ¿es complemento indirecto? Es ahora cuando viene lo interesante. Vamos directamente al punto 4.b), 2º párrafo, del artículo indicado, específicamente la parte que señalo en negrita:

 

Los verbos hacer y dejar, cuando tienen sentido causativo, esto es, cuando significan, respectivamente, ‘obligar’ y ‘permitir’, siguen la misma estructura que los verbos de influencia: «verbo causativo + complemento de persona + verbo subordinado». Tanto hacer como dejar tienden a construirse con complemento directo si el verbo subordinado es intransitivo: «Él la hizo bajar a su estudio y le mostró el cuadro» (Aguilera Caricia [Méx. 1983])«Lo dejé hablar» (Azuela Tamaño [Méx. 1973]); y tienden a construirse con complemento indirecto cuando el segundo verbo es transitivo: «Alguien lo ayudó a incorporarse, lo estimuló y hasta le hizo tomar café» (JmnzEmán Tramas [Ven. 1991]); «El alcaide de la cárcel le dejaba tocar el banjo todas las mañanas» (Cela Cristo [Esp. 1988]).

 

Para complicar un poco las cosas, el verbo soñar es tanto transitivo como intransitivo. Es decir, que puede admitir complementos como no admitirlos. En esta frase "a ella" no es un complemento de "soñar", sino de "hacer soñar", por lo que en este caso particular, "soñar" es intransitivo. Por esto, "a ella", de acuerdo con lo anterior, actúa de complemento directo.

Llegados hasta aquí, el resto es fácil; si atendemos al artículo de la RAE "Uso de los pronombres lo(s), la(s), le(s). Leísmo, laísmo, loísmo", debería utilizarse 'la'. 

Es muy sencillo verlo si comparamos la frase ejemplo de la RAE con la de nuestro ejercicio: "Él la hizo bajar a su estudio" y "Su música la hace soñar". Otro ejemplo que quizá suene raro pero que es la forma correcta: "El polén la hace estornudar" , dado que estornudar es intransitivo.

Y a esto dedica el tiempo un servidor. Como siempre, aplica un descargo de responsabilidad, y es que uno no es infalible, por más que lo parezca.

Huidas (+18)

Sentado en el taburete, balanceo la pierna que cuelga en el aire. Con el dedo índice retiro el agua condensada en el cristal de la copa de vino. Una camarera con los dos brazos tatuados retira un vaso, seca con un trapo la barra de madera y desaparece. Ella me mira y le sonrío. Se acerca a mí, siento el contacto de su pierna con la mía y después un beso largo como una eternidad y húmedo como un océano. Mi mano se desliza casi como si tuviese vida propia al interior de su muslo y sufro para detenerla ahí. ¿Qué hacemos?, pregunta cuando salimos a la calle. No sé, miento. Los dos lo sabemos. Junto a la puerta acerco mis labios a los suyos hasta rozarlos. Trata de darme un beso y me retiro hasta que desiste. Le muerdo el labio y entonces acepto su invitación anterior, mientras encima y debajo de la falda exploro su cuerpo lo que el pudor nos permite. Habrá otra copa en otro local y volveremos a hacernos la misma pregunta en la puerta y mentiremos de nuevo. Pero esta vez huiremos a la oscuridad de algún portal en alguna calle que nunca es lo bastante solitaria, que pagaríamos para que cerrasen por un par de horas. Y cuando pase alguien nos ocultaremos de las miradas, nos abrocharemos de nuevo los botones, nos arreglaremos la ropa, disimularemos y buscaremos un lugar diferente para perdernos hasta que sea imposible seguir andando sin tocarnos; otro portal, contra el cristal de algún coche, ocultos tras alguna sombra. Personas que van y vienen, dedos que se abren paso a través de tu ropa interior húmeda, saliva que atrapas con los labios, risas, súplicas, gemidos y algún mordisco. Y como si fuésemos alguna versión para adultos de La Cenicienta, antes de que desaparezcas me arrodillaré delante de ti, recorreré tus piernas con mis manos hasta llegar a tus caderas y haré el camino inverso con tus bragas, mientras tú desde arriba me observas sonriendo.

Estúpidas imprudencias

Es domingo. Son las 07:35h.

Acostumbrado a levantarme temprano, no puedo dormir, así que le mando un whatsapp a Laura, que sale de trabajar a las ocho: ¿Quieres que vaya a recogerte? Por querer, sí, claro, contesta ella un par de minutos más tarde. Ok, respondo. Me visto, cojo a Samy, vamos al coche, de un salto sube al maletero. Pienso que no me he lavado la cara y que aún estoy algo dormido; no voy a tardar en despertarme. Voy justo de tiempo, pero creo que llego, aviso de antemano.

Ya en el coche, a escasos cien metros de la puerta del portal de casa un chico de unos treinta años me hace señales con los brazos, algo nervioso. Me paro y bajo la ventanilla unos centímetros. ¿Estás bien? ¿qué te pasa?, pregunto. A través del cristal me enseña el móvil, un iPhone 4 con la pantalla totalmente rota. Le han atracado, dice, llévame a una parada de metro, venga, por favor. Está muy nervioso. Yo también lo estaría si me hubiesen atracado, pero algo dentro de la cabeza me dice que suba la ventanilla y siga mi camino, que este tipo no es trigo limpio. Esa intuición que dice ARRANCA se hace más fuerte cuando sin que yo le diga nada rodea el coche por delante y se pone junto a la puerta del copiloto. Bajo la otra ventanilla unos centímetros. Vale, ¿pero qué te ha pasado?, insisto, esperando que me dé alguna explicación adicional que me permita confiar en él. Abre, por favor, sigue diciendo él, sin responder a mi pregunta. No intenta abrir la puerta y eso de algún modo me tranquiliza, aunque sepa que el cierre automático garantiza que no pueda hacerlo aunque quiera.

Titubeo un par de segundos. Extirpo el sentido común de mi cabeza, aprieto el botón del cierre centralizado y con un chasquido se retira el seguro. Entra, se sienta y se pone el cinturón. Los restos de normalidad de la situación, escasos ya de por sí, se evaporan en menos de un minuto y antes de llegar al final de la calle. Estás muy bueno, dice, mientras se mueve intranquilo en su asiento. No sé si le han atracado de verdad, pero ahora ya estoy seguro de que esa no es la razón de su nerviosismo. Va puesto, no sé de qué, pero va puesto hasta las cejas. Vamos a un descampado, dice treinta segundos después. Vamos a algún sitio. Me pregunta por un edificio grande junto al que pasamos. No sé lo que es, le miento; es un hotel NH, en realidad. Eres muy guapo, insiste. También eres muy gilipollas, Manolo, añado yo para mis adentros. 

Diviso mi móvil junto al cenicero y el cambio de marchas, alargo la mano y lo dejo caer a mis pies, tratando de que no se dé cuenta de la acción. Vamos, te lo vas a pasar bien, hazme caso, créeme. Apoya el brazo en el reposabrazos y hace intencionadamente contacto con el mío. Mueve la mano pero antes de que pueda tocarme la pierna lo aparto con el codo y le digo, lo más claramente que soy capaz, que se esté quieto. Es un poco más bajo que yo, y no muy corpulento, aunque disfruta de mayor libertad de movimiento. Sujeta por las patillas unas gafas de aviador con la misma mano con la que sujeta el móvil. Con la otra se masajea el muslo derecho arriba y abajo, intranquilo. De vez en cuando se rasca la entrepierna y vuelve de nuevo al muslo.

Valoro parar en medio de la calle y decirle que se baje, o incluso parar y bajarme yo hasta que salga y se largue, pero la parada de Puerta de Toledo está a, como mucho, cinco minutos en coche y me preocupa que se ponga agresivo. No lo parece, pero después de la estúpida decisión que me ha llevado hasta aquí decido hacerle caso a mi sentido común y no provocar una situación violenta si puedo evitarla. Intento pensar el camino más directo y transitado. Es pronto y no hay mucha circulación, pero son avenidas grandes y hay algunos coches. Sigue buscando el contacto con el antebrazo cada pocos segundos. Insiste con el descampado. Mira, tío, te he cogido de buen rollo porque me has dicho que te habían atracado, y te voy a llevar al metro, pero estate quieto de una puta vez, joder. Parece que me hace caso, aunque la pausa dura sólo unos segundos. Me enseña el móvil: qué putada, colega, se me ha jodido la puta pantalla. Empujo el mío con el pie a un lado, de modo que no se vea desde donde él está. Me palpo el bolsillo izquierdo. Noto las llaves y la cartera. Sólo dios sabe por qué no las he dejado donde siempre, junto a la radio. 

Reduzco al acercarnos a un semáforo en rojo y aprovecha para pasarme el brazo por los hombros. Se lo quito sin ningún miramiento. Que te estés quieto, hostia, digo, alargando la 'e' de 'quieto'. Así: quieeeeeto, como si hablase con alguien que simplemente se está poniendo muy pesado. Va, que te gustará, te voy a chupar la polla como no te la han chupado en tu vida, vamos a algún sitio, vamos, seguro que tu novia no te lo hace como yo, te lo vas a pasar bien. Muchos años atrás, un chico venezolano en un pub de Valencia me hizo una propuesta que tenía la misma filosofía: yo soy un tío y sé lo que te gusta. Estate quieto, no vas a conseguir nada, digo, y el semáforo se pone en verde antes de que nos detengamos. Acelero y respiro algo aliviado cuando al girar veo la Puerta de Toledo al frente. Media hora más tarde, cuando se lo cuento a Laura, me daré cuenta de lo estúpido que he sido; la parada de metro más cercana está a escasos 15 minutos de nuestra casa. Habrían bastado unas indicaciones, aunque dudo mucho que le hubiesen atracado y que en realidad necesitase que le acercaran a una parada de metro. Insisto: soy gilipollas.

En esa recta final de 500 metros intensifica sus esfuerzos al mismo tiempo que el acelerador hace que la aguja del cuentakilómetros se sitúe en un punto indeterminado entre el 60 y el 70. Que vaya a su casa, que vayamos a un hotel, que le gusto mucho, de nuevo a un descampado, que quiere que me corra en su boca, tío, joder, vamos, me gustas, eres muy guapo, de nuevo la alusión a mi novia, sabes que te lo vas a pasar bien, etc. Ya no parece tan nervioso, sino desesperado, frustrado, casi suplicante. Mira, tío, no va a pasar nada, así que déjalo ya de una vez, siento en la necesidad de aclarar. No sé por qué coño soy tan educado, pero me preocupa que lleve una navaja.

Detengo al fin el coche, con el arco de la Puerta de Toledo frente a nosotros. Baja, le digo. Va, no me dejes así, joder, replica. Que bajes, coño, insisto. Desabrocha el cinturón de seguridad, abre la puerta y apoya una pierna en el suelo. Comienzo a sentirme un poco más seguro. Que bajes, joder, le digo. Sale del coche dejando la puerta abierta y apoya la mano en la esquina en el extremo, abriendo las piernas. Se pone las gafas de sol, se muerde el labio, se lleva la mano a la polla con el habitual y desagradable gesto masculino tan característico, mientras sigue insistiendo y ofreciéndose a prácticamente cualquier cosa que quiera hacerle. Cierra la puerta, digo, pero me ignora y sigue con sus gestos. Que cierres la puta puerta, joder, vuelvo a decir levantando la voz. 

Miro al frente y pienso en arrancar sin más, y calibro si la puerta se cerrará sola por la aceleración, pero no estoy convencido de que lo haga y lo más probable es que golpee contra la parte trasera de una furgoneta que sobresale a pocos metros por delante. Lo haré si hace ademán de volver a entrar, pero por suerte, cierra la puerta cinco segundos más tarde y yo pulso el botón de cierre centralizado casi al mismo tiempo. Pone las manos en la ventanilla y se inclina. Mierda, tío, venga, vamos, ven conmigo, te doy lo que quieras. Puedes correrte dentro. En ese momento soy un puto flan, pero le sonrío, no sé si por la seguridad que acabo de recuperar o el nerviosismo que se va reduciendo. Adiós, le digo. No sé ni siquiera por qué me despido. Frustrado, da un pequeño golpe con la palma de la mano en la puerta, casi como gesto de despedida. Meto primera y arranco, mientras veo en el retrovisor que levanta el brazo en señal de disgusto y se pierde entre los coches aparcados en batería. Unos minutos más tarde, a kilómetro y pico de allí, detengo el coche en un lateral de la calle y respiro hondo con las ventanillas subidas. No recuerdo la última vez que pasé tanto miedo y me encontré en una situación tan desagradable. No las bajaré hasta entrar en los túneles de la M-30 y ponerme a 70. Recupero el móvil del suelo, lo desbloqueo, abro el whatsapp. Cariño, llego 15 minutos tarde. Ahora te explico.

No quiero pensar en lo gilipollas e inconsciente que fui, ni en qué podría haber pasado si el tipo hubiera llevado una navaja o se hubiera puesto violento. Tendría que haberle obligado a bajar del coche con su primer comentario, intentar ser un poco más enfático, incluso agresivo, pero durante varios minutos no supe cómo manejar la amenaza y mi cabeza estaba centrada en buscar el camino más rápido y transitado para llegar al metro más cercano. Qué podía haber hecho o qué podía haber dicho es irrelevante ya, porque ignoro cuál habría sido su reacción; son posibilidades que prefiero no entrar a valorar; es un ejercicio estéril. Pero como le comenté a Laura, en lo que sí reflexioné en cuanto dejé atrás al hijo de puta es en la cantidad de veces que muchas mujeres se habrán visto y se verán en una situación similar a lo largo de su vida, sin la ventaja de la igualdad física que yo tenía y sin haber cometido una estupidez como la que yo cometí. Lo que, de todas formas, jamás constituirá una justificación para ningún agresor.

Aunque este incidente no me proporciona información que no conociera ya (si bien hasta ahora no experimentada en primera persona), y hace tiempo que vengo siendo consciente de la abundante repugnancia del género masculino, si pienso seriamente en ello, se me ocurre que, quizá, lo de cortar alguna que otra polla no sea tan mala idea.

Y si hay algún hombre al que eso no le parece bien, debería hacérselo mirar.

La explotación laboral en las ONG del "ámbito social"

Los que me conocen, saben que mi pareja se dedica a lo que yo llamo incorrectamente "el ámbito social", y que ella denominaría de una manera mucho más correcta y precisa. No importa. En su caso, colectivos desprotegidos o en riesgo de exclusión social: discapacidad intelectual, enfermedad mental, sinhogarismo o reclusos en tercer grado, entre otros. Una parte de sus amigos y conocidos también se dedican a lo mismo. Podríamos decir que en general, durante la última década ha trabajado para organizaciones muy conocidas y grandes del sector. Hablo tanto de ONG que se anuncian en televisión como de empresas multiservicios de ámbito nacional que, literalmente, "hacen de todo" (limpieza, jardinería, servicios sociales, seguridad, etc.). 

Sin ánimo de exagerar un ápice, podría decir que, en general, las condiciones laborales que ha tenido que sufrir en todas ellas han estado más cercanas a la explotación de lo que uno esperaría de organizaciones que tienen que llevar a cabo "una tarea social" y se nutren de subvenciones millonarias de dinero público, que sin duda debería estar sometido a un mayor control. En el caso de las empresas privadas alguien podría pensar que de algún modo es lo esperable: maximización de beneficios, rentabilidad y cosas así. Que sea lo esperable no significa que sea lo correcto, pero podría decirse que no supone una sorpresa.

Sin embargo, si nos vamos al caso de las ONG, parece que de algún modo su forma de funcionar debería estar más próxima a los derechos humanos y laborales de las personas, si es que los segundos no son un subconjunto de los primeros. Eso es lo que parece, porque la realidad es muy diferente, y puedo afirmar que ella no es un caso aislado; todas las personas que conoce y que se dedican a este sector trabajan en el mismo estado de precariedad e incertidumbre laboral, y tengo la sensación de que es algo que se reproduce en la mayor parte de estas organizaciones (fundaciones y asociaciones, en general), sean del tamaño que sean. 

La cuestión es: por ejemplo, de una organización que lucha por los derechos de las personas con discapacidad, ¿no es de esperar que muestre una mayor sensibilidad en todos los ámbitos sociales? Yo creo que sí. PERO NO.

¿A qué me estoy refiriendo en particular? Fácil. Me refiero a aguantar muchos meses sin cobrar, tener disponibilidad casi total en horarios y turnos, cobrar salarios miserables, a que la empresa (porque así es como funcionan, se llamen como se llamen) te ubique en una categoría profesional inferior a la que marcan tus funciones (por ejemplo, cuidador en lugar de educador, limpiador en lugar de cuidador, limpiador en lugar de educador), a no cobrar o tener que reclamar los pluses de nocturnidad o transporte que marca el convenio, a que la empresa marque servicios mínimos en huelgas generales que son superiores a los que hay un fin de semana, a tener que pelear hasta el último euro de la nómina y del finiquito, o a que la empresa mantenga de manera intencionada la incertidumbre laboral o penalice con la no renovación cualquier reinvidicación laboral de los trabajadores. Claro, que cuando uno ve que el delegado sindical de una ONG miente sin ningún tipo de pudor en un juicio a favor de ésta, o que otra intenta descolgarse de un convenio que ella misma ha promovido aprovechando la última reforma laboral, se pregunta que por qué debería uno esperar otra cosa. 

Ya, eso mismo pienso yo. Son organizaciones sin ánimo de lucro, no gubernamentales o como coño quieran ustedes llamarlas. Asumir cualquier otra cosa es una equivocación.

Si dejamos de lado el chantaje emocional autoinfligido y fomentado por parte de los mandos superiores, que explota la implicación personal de los trabajadores con los usuarios, la total ausencia de apoyo sindical (apoyo, he dicho, no presencia) y el hecho de que muchas de estas personas tienen un alto componente vocacional, otro problema es el escaso margen de maniobra a la hora de visibilizar las protestas. Después de todo, ¿quién va a solidarizarse con los trabajadores de una asociación que se dedica al cuidado de personas con enfermedad mental, si cuando éstos hacen huelga los usuarios quedan "desatendidos" (lo cual no es cierto, de todas formas)? ¿Y con los que trabajan con drogodependientes? 

Al final de la película, lo que queda es un retrato bastante siniestro y maquiavélico de este tipo de organizaciones, muy diferente al que uno imaginaría y sobre todo al que se muestra al público. Un retrato en el que el trabajador al final del organigrama, el que realmente cuida, interviene y se relaciona con los usuarios, es sacrificado, utilizado como un recurso intercambiable sin ningún valor, chantajeado y explotado en aras de maximizar los recursos para el fin social en cuestión. 

Claro que al fin y al cabo, ¿qué coño importa la vida de tus trabajadores, mientras no sean personas sin hogar o discapacitados? No es tu puto problema. Que se jodan.

Actualización

Hace tiempo que no paso por aquí. Utilizo esa frase cada vez que hace un tiempo que no paso por aquí, lo que me parece bastante coherente.

Vayamos por orden. No hay mucha miga, no vayan a pensar.

La novela. La novela está acabada, pero no está acabada. Es decir, se mantiene igual que la última vez. Véase la entrada de debajo. Eso tiene dos interpretaciones. No ha ido hacia delante, pero tampoco hacia atrás. No es un gran consuelo, porque no espero que se "desescriba". En fin. Corría el 27 de abril de 2016 y dije que me había tomado un pequeño descanso. Estamos a 3 de junio y la pausa parece que se ha alargado y de momento no hay planes de retomarla. Eso significa que no llego tampoco a la convocatoria del premio Herralde de novela, pero será por premios. La pregunta entonces es: ¿cuándo voy a continuarla? La respuesta es sencilla: el día que me encuentre con ganas, previsiblemente después del verano. Ya veremos.

Aparte de eso, he comenzado a desvincular este blog y mis cuentas sociales de mi perfil profesional. O mejor dicho, de mi identidad, dado que es la única forma de hacerlo. La intención última es que si tecleas mi nombre en Google, no haya una relación directa y evidente con mi Instagram, Facebook o Twitter. Sí, los caminos de Google son inescrutables (y que mi foto está en todos mis perfiles, eso también es importante), pero es un comienzo.

Y no hay muchas más novedades. Los relatos siguen en línea, ahí arriba a la izquierda. Sigo con el Instagram, más activo de lo que esperaba. Ya que estoy, he puesto debajo algunas fotos. He dejado de correr; me duró dos días. O tres, no es una diferencia que sea relevante. Continúo con el mismo móvil, como es evidente, y aún no me he cargado la pantalla, aunque se me ha caído un par de veces. Me he cortado el pelo de nuevo, precisamente hoy. Es una extraña coincidencia. Y no hay más, eso es todo por ahora. Más adelante, más, probablemente. 

Fin de la cita.

Más fotos, aquí.

Bueno, sí tengo un nuevo proyecto, pero eso lo dejaremos para mediados de julio.

El día de la madre

Junto a nosotros hay un matrimonio con dos hijos pequeños. Sobre su mesa hay esparcidas al menos dos docenas de servilletas de papel satinadas, esas que están diseñadas para repeler la grasa de los dedos. En el centro hay una cazuela de barro con un trozo de carne huérfano nadando en un aceite rojizo, y un plato blanco con un montoncito de mayonesa y las migas del rebozado. Calamares, intuyo.

El marido lleva puesta una camiseta de color ocre y unos pantalones vaqueros que tienen dificultades para contener unas lorzas que desbordan con generosidad por su cintura, formando un flotador de un tamaño importante. Probablemente no sabe que el perímetro abdominal es un indicador del riesgo de infarto de miocardio. Intento adivinar su índice de masa corporal. Debe rondar los 27 o 28, no estoy seguro. Tendré un valor más fiable cuando se haya levantado, ya que desde aquí no puedo verle bien las piernas. Con los codos sobre la mesa y ambas manos sostiene el móvil frente a él y con rapidez, sube y baja por las publicaciones de su muro de Facebook. De vez en cuando, señala con el dedo una imagen o un texto y dice algo en voz alta, pero parece más un comentario para sí mismo que una interacción humana. 

De todas formas, aunque lo fuese, su mujer no está en condiciones de prestarle atención: tiene tareas más importantes de las que ocuparse. Concretamente de sus dos hijos, que se mueven agitados en las sillas. El que parece ser el mayor lleva un rato enrabietado, lloriqueando y haciendo aspavientos con las manos. Entre sus gritos apenas entiendo lo que dice pero creo entrever que está pidiendo, reclamando, exigiendo un helado, a lo que su madre se niega en redondo porque no hay helados después de la cena, que luego vomitas, ¿o no te acuerdas de la última vez? Aprovechando el fuego de cobertura de su hermano, el otro ha metido la mano en la mayonesa y se prepara para esparcirla por la mesa, pero antes del aterrizaje ella es más rápida y cogiéndole con fuerza por la muñeca le limpia los dedos con las servilletas repele-grasa. 

La mujer tiene el pelo rubio recogido en una coleta mal hecha que es incapaz de recoger algunos mechones y que cuando la situación se lo permite se recoge detrás de las orejas. Las canas pueblan las raíces del cabello sin ningún pudor y en la piel blanquecina de su cara se extienden varias manchas rojizas, no sé si debido al esfuerzo de contención. Lleva puesta una camisa amplia de color plátano en la que destacan unos pechos generosos y algo caídos; el botón a la altura de su escote se aleja del ojal que le corresponde con entusiasmo. Se lleva el dorso de la mano a la frente, retira el sudor y lanza una mirada rápida a su marido, pero el ser humano que se esconde tras la marca SAMSUNG de la carcasa trasera del móvil no parece ser de gran ayuda.

Así pasan varios minutos hasta que al fin ella solicita ayuda de manera evidente: cariño, ¿quieres ayudarme, por favor? Entonces él baja el aparato, mira al crío, la mira a ella y dice con una amplia sonrisa mientras se guarda el teléfono en el bolsillo: Venga, vamos a comprarte un helado

La novela, suma y sigue

Ah, la novela. Cuánto tiempo sin hablar de ella. Bien, veamos si puedo ser breve.

Después de dos años y medio de escritura interrumpida, hace algo menos de un mes logré al fin tener un primer borrador "estable" de la novela. Hay que tener en cuenta que aunque hable de "primer borrador", el caótico proceso de desarrollo que he seguido ha provocado que algunos capítulos hayan sido revisados al menos media docena de veces. Sea como fuere, la cuestión más positiva es que el argumento ya está cerrado, y eso es un alivio. No hay piezas que encajar; el puzzle está acabado, sólo falta darle la pátina de cola y enmarcarlo. Puedo recortar algunas escenas, alargar otras, pero no tengo que "inventar" nada.

Al final la extensión ha quedado en torno a 150.000 palabras, que vienen a ser entre 400 y 500 páginas. Sí, yo también creo que es demasiado, pero es lo que ha salido. Puede variar algo en la versión final, pero no estimo que se reduzca en exceso. Como mucho 10.000 palabras, especialmente de la primera parte, pero no creo que vaya más allá de eso, aunque quién sabe.

Laura fue la primera persona en leerla, mientras yo iba acabando de cerrar algunos capítulos, y me proporcionó varios detalles que necesitaba perfilar; después de tanto tiempo, se pierde parte de la perspectiva. Unos días después, tras aplicar algunos cambios (otros están pendientes), envié varias copias a un conjunto de personas para que la revisasen, con el foco sobre todo en los aspectos argumentales y de estructura, dado que por entonces todavía contenía un número considerable de erratas que he de corregir (los primeros capítulos están sembrados). Algunos de los comentarios que ya he recibido van en la línea de lo esperado.  

¿Y ahora? Mi idea original era presentarla al II Premio Dos Passos a la primera novela, cuyo plazo acaba el 30 de abril, pero ya sea porque me he autosaboteado o porque llevaba seis meses de mucho trabajo intensivo y necesitaba un descanso, el caso es que ya no llego. Tras éste, las principales alternativas son el Café Gijón (15/5), el Herralde (15/6), el Fernando Quiñones (30/6) y alguno más. No obstante, con independencia del premio escogido, me gustaría poder tenerla cerrada como mucho en un par de semanas, a poder ser antes de las fiestas de San Isidro, para poder soltarla de una vez y, como suele decirse, que sea lo que Dios quiera. 

Aunque me he permitido casi un mes de descanso, comienzo ahora una fase de revisión a fondo para eliminar los errores y mejorar algunos puntos que tengo pendientes, a la espera de los comentarios que lleguen de los lectores beta. Lo más positivo es que estos días vuelvo a tener ganas de escribir, lo que es una sensación agradable después de unos meses bastante extenuantes desde el punto de vista creativo.

No sé por qué cuento todo esto. Bueno, más cosas. Después de mucho recapacitar, he vuelto a poner los relatos en línea de manera definitiva. Como dice Rodrigo, por si gustan. También me he abierto un Instagram, algo a lo que también me resistía. Y he empezado a correr. Y he cambiado de móvil. Y me he cortado el pelo de nuevo. Y no sé qué más. Ya ven. Son tiempos convulsos.

Con Dios. Se hace tarde.