Oculto tras un montón de hierros

Siempre me llamó la atención el morbo que despiertan en la gente los accidentes de tráfico. El ir y venir del personal de urgencias con sus camillas y mantas térmicas aluminizadas, la sangre aún caliente que se mezcla en la calzada con el aceite y la gasolina formando un charco que alguien se apresurará a tapar con una capa de serrín; cristales, trozos de metal y otras partes expulsadas del vehículo siniestrado y los agentes de policía dirigiendo el tráfico; si ese día tienes suerte, quizá puedas ver algún cadáver extendido en el suelo, quizá puedas llegar a oler la carne quemada de las víctimas. Los coches avanzan con lentitud, mientras los ojos de sus ocupantes, cómodos y seguros detrás de las ventanas, observan y curiosean, escudriñando entre los hierros retorcidos y ennegrecidos, buscando algún rastro humano vivo o muerto, no importa, e imaginan, adivinan, reconocen, no sin sentirse un poco afortunados y un mucho más indiferentes, lo que hay donde no alcanza su vista. Así estoy yo, dentro de mi coche, inmóvil, aunque al menos yo sé que la sangre que gotea es mía.

 

(Versión modificada de Bonito coche)

Libros: Limónov y Ánima

Hace ya un mes y pico recibí como regalo de reyes (con cierto retraso, cierto) los dos libros que tienen a su izquierda. Libros que, todo sea dicho, yo mismo elegí (Laura apostillará ahora que ella me recomendó Limónov, pero corramos un tupido velo).

No soy muy de hacer sesudas críticas, así que no estoy seguro de lo que va a salir, pero allá vamos.

Limónov, de Emmanuel Carrére, o cuando la realidad supera a la ficción. Este podría ser perfectamente un libro de aventuras que narrase las andanzas de un compatriota ruso por medio mundo, pero resulta ser la sorprendente e interesante biografía de un tipo de carne y hueso desde su juventud hasta la actualidad. Todo ello, salpicado por comentarios biográficos del propio autor, a veces relacionados con Limónov y a veces no.

El individuo en cuestión, Eduard Limónov o Eduard Veniamínovich si lo prefieren, es de esa clase de personas que sin riesgo a equivocarte puedes decir que le ha echado un par de huevos a la vida; quizá más de los recomendables en algunos momentos, pero no le quitemos el mérito al tipo.  No sé si lo ha conseguido, pero desde luego, lo ha intentado todo lo que ha podido: delincuente, escritor, criado, soldado y político, entre otras. Que el tipo tiene una ideología y unos referentes ideológicos cuestionables no deja de ser cierto, pero eso no resta un ápice de interés al relato.

Con un estilo que se deja querer, el libro recorre la historia del protagonista (que sigue vivito y coleando dando por saco a Putin) y su entorno más cercano, que va invariablemente unida a la historia de la ya extinguida URSS (mírenlas, ¿no les parecen ya unas siglas extrañas?). De este modo, el lector recorre varios de los acontecimientos más importantes de los últimos 50 años y puede echar un vistazo de primera mano a las tripas de la Unión Soviética, la política de Gorvachov, los tejemanejes de la Rusia de Putin o Yeltsin o la guerra de los Balcanes (también gracias, todo hay que decirlo, a que la madre de Carrére es una experta en Rusia).

El único inconveniente con el que se puede encontrar uno es la miriada de nombres y apellidos rusos (imagínense) que inundan el texto. Pero no se preocupen. La mayoría no tienen demasiada relevancia, y los que la tienen acaban por sobresalir sin necesidad de tener que hacer un esfuerzo consciente por recordarlos. Déjense fluir. No le voy a poner nota, pero es un libro totalmente recomendable. Cómprenlo y léanlo. 

Vamos con el segundo: Ánima, de Wajdi Mouawad. En este caso, nos encontramos ante un thriller ambientado en las reservas indias y en diferentes lugares de Canadá y Estados Unidos. La particularidad del libro es que la historia es narrada por los animales que se encuentran en las diferentes escenas. De este modo, un capítulo puede contarlo una mosca, un gato, un perro, un pájaro o una serpiente, entre otros, y a través de ellos vamos acompañando al protagonista de la historia.

No he recorrido todo Internet, pero es posible que les cueste (si es que la hay) encontrar una crítica negativa de este libro (como sucedía con La Habitación Oscura, de Isaac Rosa). Es más, lo más probable es que encuentren alabanzas allí donde vayan, así que ahí va la primera (crítica negativa). Está claro, por tanto, que el libro no me ha gustado (como sucedía, también, con el texto de Isaac Rosa). Admito incluso que me obligué a acabarlo por ver si la cosa mejoraba, y aunque en algunos momentos parece que arranca, no acaba de hacerlo. Les cuento porqué.

Reconozco que la perspectiva de contar la historia desde múltiples puntos de vista, y más cuando éstos son animales, parece en principio prometedora, pero plasmar eso sobre el papel es otra cuestión. Por un lado, el autor parece especialmente interesado en que sepamos qué animal nos habla en cada capítulo, y a menudo te encuentras buscando aquel comportamiento o descripción que te da la pista (evidente, por lo general) de la especie a la que pertenece tu narrador.

Pero en mi opinión, el mayor problema no es ese, sino su esfuerzo en poner en la mente de los animales pensamientos que desde nuestro punto de vista pueden ser característicos, pero de una manera excesivamente forzada e incluso cómica a veces. No nos vamos a poner filosóficos, pero el problema que vemos ya lo plantea Thomas Nagel en su artículo ¿Cómo es ser un murciélago? Es decir, no podemos saber cómo es ser una mosca. Podemos imaginar cómo es ser una mosca, y ahí es donde aparece la piedra en el zapato: la narración no puede adoptar el punto de vista del animal (porque eso no es posible), sino cómo imagina el autor que es el punto de vista del animal. De este modo, nos encontramos con perros que expresan sentimientos de extrema fidelidad por sus amos, ratones que hablan del miedo que le tienen a los gatos o serpientes que nos comentan lo apetitoso que es (creo recordar) un conejo. No niego que es un enfoque interesante pero también difícil de ejecutar, y los pensamientos que vemos en los animales se parecen demasiado a los principales comportamientos que nosotros les asociamos. ¿No puede expresar un perro sentimientos de abandono o depresión, o una mosca ansiedad por su breve existencia? Puestos a poner palabras en las cabezas de animales, seamos creativos y vayamos más allá de lo obvio. Los perros son fieles, sí, ¿y? Digamos, por resumir, que tenemos animales diciendo cosas que ya sabemos, lo que no deja de ser un poco frustrante. 

Dejando eso de lado, creo que a causa de ese mismo planteamiento, con demasiada frecuencia es difícil posicionarse espacial y temporalmente en la historia y las relaciones entre los personajes son confusas. Apenas se describen los lugares en los que transcurre la acción y si he de ser sincero, el hecho de la reserva india parece más una excusa que una necesidad de la historia. Hay otros problemas, como ciertas afirmaciones que se repiten a lo largo del texto pero que no se justifican (la empatía de los animales por el protagonista), la escasa atención a los personajes, y un uso abusivo de los adjetivos. Para que se hagan una idea, en ningún momento de la lectura he imaginado al autor del texto, al resto de personajes o los lugares por los que se mueve la acción, lo que hace que cueste entrar en la historia.

Mi opinión, una vez acabado el libro, es que el autor ha querido contar una historia personal y para ello ha partido de un argumento que ha retorcido y alargado hasta encajarlo. La materia prima es excelente: la crueldad del ser humano vista por los animales y una trama que cogida por Cormac McCarthy sería fabulosa. Pero no es el caso. Falta ambientación y profundidad, aunque no me hagan caso, soy el único que opina así.

Bueno. Parece que al final sí me ha quedado una crítica sesuda.

Fragmentos

Fingir al principio de una relación es fácil, pero mantener la fachada acaba por hacerse insoportable; cada día que pasa es más y más duro, y tienes que tomar una decisión. Es como bucear. Quedarte a un par de metros de la superficie es sencillo, porque sabes que puedes salir a coger aire en cuanto lo desees o lo necesites. Creo que no es un deseo, no consciente al menos. Pero cuando estás a treinta metros, sabes que esa alternativa no existe y todo se vuelve mucho más complejo.

* * *

Aunque la verdad fuese que no, no estaba bien. Que hacía mucho tiempo que no lo estaba y que quizá no llegase a estarlo nunca. Que todavía lloraba sin tener clara la razón. Que seguía sin poder conciliar el sueño. Que padecía ataques de pánico, que le costaba horrores correrse y que cuando lo hacía el placer que obtenía era casi indistinguible. Que de vez en cuando tenía que tomar una dosis extra de ansiolítico y ni aun por esas. Que aunque seis meses no eran demasiados, no sabía cuánto tiempo más podría aguantar Diana y tampoco cuánto tiempo más lo haría él. Que en ocasiones pensaba que si tenía suerte, con saltar de un tercero sería suficiente y encontrar un lugar para hacerlo no era tan complicado. Pero claro, qué vas a saber tú. No es culpa tuya, pero ya que preguntas, te lo diré. Mal, mamá. Estoy mal, realmente jodido, ¿no lo sabías? ¿Quieres que te dé los detalles? No, seguro que no los quieres. Pero claro que puedes ayudar. Mándame una soga. 

(ficción)